Siempre le tuve miedo a lo oriental. Sobre todo desde que mi tía July le regaló a mamá un cuadro tridimensional con motivos orientales que tenía un charco adentro con una flor de loto flotando.

Cuando mamá se enojaba, golpeaba con su puño derecho sobre la pared agitando a la flor de loto y el charco.

Mi pánico de sol naciente abarcó no sólo al cuadro sino a toda la comunidad oriental, incluyendo a don Sakura, el tintorero.

En aquella época todavía yo no sabía que el agua era un recurso no renovable y del otro lado del Puente Sarmiento se desató la pasión occidental.

-Má, se secó el cuadro.

-Có-mo-que-se-se-coooooó?¡?

-No tiene más el charco

-Si le hicieron algo les rompo el culo a patadas

Esta última frase me dejó pensando. Tres hermanas. Tres culos. Pero ella se refería a uno solo. Y teniendo en cuenta que la mayor estaba en la facultad y la menor rescatando los bichos canasto de la vieja medina, quedaba una sola posibilidad. Y un solo culo.

-Pero má, si yo no hice nada, che…

Ojo por ojo. Diente por diente. Mamá talión.  Me rompés el cuadro, te rompo el culo. (*)

-Mirá… mirá, desaparecé de mi vista, mentirosa, porque te juro que te mato, culo-roto, te mato!!!!

Y desaparecí. Una cosa es ser un culo-roto andando por la vida y otra muy distinta es ser un culo-roto muerto.

Mientras lamía mis heridas en el gallinero, llegó mi hermana mayor.

-Pero cheee… Tanto lío por ese cuadro japonés.

Ja. Decíselo a mi culo argentino.

 

(*) NOTA DE LA ABUELA

Le rompés el culo, te rompo la maceta con tus cenizas. Tomá, talión!