Una vez gané una beca y me fui a la Universidad de Baja California, México. Al menos eso dije en casa. La verdad es que apenas cumplí los 18 años, con lo expropiado y robado a mis padres durante quince años saqué el pasaporte y un boleto con destino a la península de Yucatán.

Mi embaucador encanto hiptonizó al gerente del hotel ya que inmediatamente me contrató para atender a los huéspedes. O quizás fue que su guía tenía un terrible ataque de hígado. Y yo estaba ahí, a mano y al pedo, como siempre. A los dos días de mi llegada a México ya tenía trabajo. Y sin buscarlo.

-Los españoles de la 279 te esperan a las 10 hs. en la cafetería.

Eran catalanes. Un matrimonio adorable que entre los dos sumaban 178 años y ningún interés por hablar en español. Catalán, solamente. Se regían por el tzolquin. Y durante toda su estadía yo fui semilla lunar amarilla, según el calendario maya. Fue lo único en español salido de sus bocas. Su consigna era llegar vivos al 2012 para ver cómo todo desaparecería. Es decir, cómo este mundo daría paso a otro, según el designio maya. La tierra volvería sobre su eje y adiós sentido de la vida. Al menos, en el sentido de las agujas del reloj.

De pronto, se me nubló la vista y vi mi vida girando en sentido inverso, alrededor de mi cabeza. En pedacitos. Vi a mamá con el delantal de cocina flameando como un banderín, aferrada a la puerta de pinotea de casa. Vi pasar también de derecha a izquierda al resto de mi familia, a mis amigas, a mi perro Narciso, a todo el barrio. Como una tomografía computada, cada detalle de mi infancia era escaneado por el vaticinio maya del 2012. Y, de pronto, como un módulo de rescate, el gallinero apareció pero de izquierda a derecha, violando las leyes físicas del cambio de rotación, intentando volverme al eje. Y todo explotó.

-Semilla Lunar Amarilla, despierta!... Semilla Lun....

Tanto giro invertido me había mareado. Desmayarse en la península de Yucatán no es lo mismo que desmayarse en Manhattan. Manhattan está lejos del 2012. Yucatán ES el 2012. Se respira en sentido contrario a las agujas del reloj.

-Ay... ya pasó el 2012?

-No, Semilla Lunar Amarilla... aún nos falta conocer un cenote.

Ante mi muerte de segundos, los catalanes decidieron hablarme en español.

Al ver desvanecida a la semilla, otros turistas se acercaron.

“Murió?” preguntaron y reconocí el acento de mis connacionales. Me eyecté del suelo y mirándolos directo a los ojos les dije, imperial. “Tengo la enfermedad de Meniere”.

Todos, catalanes y la familia tipo argentina me miraron sin entender. Los catalanes, por el idioma. Los argentinos, por desconfiados.

Finalmente, los llevé a todos a conocer los cenotes.

-Ay... ¡qué loco! Yo creí que eran animalitos...! y, mirá, es una vertiente, che! Como la que hay en casa, allá en Córdoba...al final, viejo, tanto viaje, tanto dólar para ver lo que tengo en el fondo del jardín. (1)

Con gusto hubiera hecho la reapertura de un cenote, inaugurándolo con cuatro sacrificios argentinos. Y que fueran tragados por esa maravillosa garganta natural. ¿Con qué se confundieron? ¿Ocelotes? ¿Cachalotes?

Aquella familia tipo se llevó a Argentina la respuesta. Y algo más: mi falta de paciencia y mi despido.

Chau, Yucatán. Semilla Lunar Amarilla se despidió del imperio maya dando un portazo al 2012 y partió hacia su casa en busca de su nombre gregoriano y su contemporaneidad.

NOTA DE LA ABUELA

(1) Esta gente nació confundida. Por eso viajan. Para tomar distancia de sí mismos