-Mirá... mirá lo que dice este... cómo se llama… eh… a ver… Marechal.... eso… Marechal… Marechal Leopardo… no, no... Leopoldo… o boldo… mmm parece pardo...bah…como se llame… dice que “Junto con el nombre te dan un destino” (¿)… adónde?. (1).

-Boludeces... yo no le lavo los pies a la gente y me llamo Marta.

-Pse... la de la Biblia... pero no se los lavó a cualquiera... fue a Jesús...

-Sí, pero Jesús hay uno solo y ya vino... y no creo que vuelva con todo lo que le hicieron.

-Vas a tener que hacerte judía... ellos todavía lo están esperando.

-Ni loca me hago la circuncisión.

Y seguimos leyendo el horóscopo con convicción de ignorantes. De cómo Marechal llegó a un libro de Astrología de verano es otro de los grandes enigmas que atesoraba el kiosco de revistas de mi barrio. Mi amiga del alma María y yo teníamos aproximaciones al mundo religioso. Más bien, alejamientos. Aburridas, cambiábamos nuestra conversación judeo cristiana por los astros, una y otra vez, pisoteando la historia del pensamiento de iva y de vuelta.

- “Sagitario: En la pareja: discusiones. En los negocios: se concreta lo que usted tanto esperó. Salud: cuidado con el apéndice.”

-No tengo pareja, ni negocios y me saqué el apéndice hace un año.

-Es como si no existieras…

-Msé… escuchá esto: “Capricornio: Salud: una antigua operación le trae complicaciones…” Vés? A mí el apéndice me molesta como si lo tuviera… yo debo ser de Capricornio.

-Escuchá lo que dice del mío…”Acuario: Familia: Deje que sus hijos resuelvan los problemas por sí mismos. Trabajo: no discuta con su jefe” …. Yo también debo ser de Capricornio, Martu…

María y yo habíamos nacido bajo dos signos que no nos representaban. Es por eso que desde ese día yo empecé a decir que era de Capricornio. Aunque nadie me lo preguntara. En general, nadie me preguntaba nada. No teníamos destino en el nombre, tal como pensaba Marechal y tampoco en el horóscopo, tal como pensaba Horangel. Nos quedó en claro que tendríamos que buscarlo sin ayuda, que no éramos personas predestinadas, y que no figurábamos en los planes del mundo. Al menos, de éste.

-Martaaaaa....! haceme el favor de traerme el libro de Horangeeeeeel y dejámelo en la mesa de luuuuuz!... pero YAAAAAA, si no querés que te traiga de los pelos….

El teclado de mamá se estaba deteriorando más y más. La e y la u se agregaban a la a con gran entusiasmo vocal.

Como su voz partió la siesta en dos, quedamos María, el libro y yo, expuestos como una fractura. Y si bien no era lo que anhelábamos, la mesa de luz de mamá, al menos, nos dio un destino.

NOTA DE LA ABUELA

(1) Eso es relativo. Mi hermana se llama Diana y no anda despertando gente al alba.