- A ver, chiquita Drooker, usted, sí, sí, usted…!!! Atiéndame! Aterrice de una buena vez, caramba!

Mi maestra era igual a mamá. Le tenía miedo a las alturas. Sólo las separaba una cuestión semántica. Mamá me tuteaba y terminaba las frases con un carajo. La maestra, académica, cerraba con un caramba y la lejanía de un usted.

-Dígame, entonces, si tengo veinte manzanas y hay tres obreros explotados en Las Salinas, ¿cómo hago para que a cada uno le toque la misma cantidad de manzanas sin partir ninguna?

Los años setenta en Argentina eran años de militancia. En aquella época no se robaba a una compañera de banco los lápices de colores, se le expropiaban. Y hasta los corpiños venían armados. (1)

- No sé, profe.

- Hago una revolución, querida, hago una revolución! En una revolución jamás tendríamos este tipo de problemas.

Se comentaba que la teoría de conjuntos era revolucionaria y todo era militancia. Al elegir una película, al leer un libro, al escuchar música, lo hacíamos “hasta la victoria, siempre” o nada.

Las pasiones eran encontradas. Mientras las autoridades del colegio amaban a Fulgencio Batista, los maestros idolatraban al “Che” y los padres, a la obra social. En tanto, nosotras intentábamos no comernos las manzanas. Ni a los obreros.

De aquella época me debe haber quedado la idea de que las manzanas no son de quien las compra sino de quien las muerde.

-Hija, ¿dónde están las manzanas que compré para hacer un pastel? Había seis, me quedan tres. ¿Me querés decir qué hago ahora?

-Andate a Cuba. Allá esos problemas no existen.

En mi pómulo izquierdo (no por nada eligió ése) quedó su opinión sobre la revolución. Era evidente que ella estaba por la propiedad privada.

 

NOTA DE LA ABUELA

(1) Su madre era tetona. Tenía un arsenal allí.