Antes de salir para el colegio, necesitaba subirme al paraíso que estaba junto al gallinero. Esa imagen me daba fuerzas para soportar una jornada mortal. Como todas las jornadas. Moriture te salutant.

En eso estaba, esperando el grito de mamá "Apurate, mierda,. Ya está tu padre en el auto!", cuando sentí un gemido.

-Así... así... no pares... no pares...

Venían desde la casa de Angie, nuestra vecina azafata. ¿Estaría haciendo mayonesa con una amiga?. En casa, cuando hacíamos mayonesa casera, mamá nos hacía batir al grito de "No paren. No paren, carajo... así... así".

Pero en la voz de Angie había una pasión diferente a la del grito de mamá. Con la primera, yo sentía cosquillas. Con la segunda, pérdida de masa encefálica.

Tenía aún un par de minutos. Subí al paraíso y me asomé. En el cuarto de Angie había una ventana por la que entraba el sol a la mañana. Y mi  mirada a toda hora. Toda yo era esa mirada. No sólo la comida entra por los ojos. La azafata era un plato de alta cocina. Ya la había visto desnuda tomando sol varias veces. Con un cuerpo así no habría que ponerse ropa nunca, nunca.

Un hombre mayor que podía ser mi abuelo, o el abuelo de cualquiera, estaba sobre ella, vigoroso y trabajador. Mi mirada fue demasiado fuerte y Angie me sorprendió. Fue un diálogo de miradas. Entre ellas se entendieron muy bien. Yo estaba impresionada no por la cópula inquieta, hecho que aún no alcanzaba  a descifrar del todo, sino por su mirada de está todo bien... ahora andá al colegio, ¿guardamos este secreto de amigas?, gracias por avisarme, no haré más ruido.(1) y otras cosas maravillosas. No sé si sus ojos  quisieron decirme tantas cosas pero hasta ese día fue la única mirada del mundo exterior que advirtió mi presencia sin que le molestara demasiado.

Y me fui al colegio transformada. Ahora sabía otra fórmula para hacer mayonesa.

 

NOTA DE LA ABUELA

(1) Demasiado parlanchina para mi gusto.