Yo tenía veinte años. Trabajaba en una agencia de viajes y me pagaba mis gastos. Además, había madurado de golpe al usar botas negras hasta la rodilla.

Pero aún no fumaba delante de mamá. Ni tampoco detrás. Periscópica, giraba 180º y siempre me sorprendía, y no le dije hasta que terminé la carrera de auxiliar de a bordo de que jamás fui a la Facultad de Medicina como ella creía y soñaba.

Lejos de perder la calma, el día en que se enteró no dijo nada. Sólo me miró. Como un buque de pesca finlandés a un cardumen de atunes. Y supe que tenía los minutos contados en la marea familiar. Antes de ser arponeada, preparé mis valijas y me fui a vivir a la casa de una compañera de trabajo.

 

Me despedí de todo aquello que me rompía el corazón dejar. María. La negra. El gallinero. Pero supe que lo que yo era, lo que sabía, todo lo aprendido se lo debía a ese mágico lugar. Y a mis fabulosas amigas Y me tomé el bus sin mirar atrás. No porque no quisiera. A diferencia de mamá, jamás pude girar más de 35º la cabeza. Y me quedé sin la última imagen para mi memoria. Será por eso que no tengo últimas imágenes de nada. Toda mi vida he vivido contracturada.

 

La agencia de viajes en la que trabajaba se llamaba TORTITOURS. Lo juro.

Las dueñas eran dos hermanas. Las hermanas Torti. Las empleadas, cuatro. Todas mujeres. Por el nombre de la empresa, muchos entendieron que éramos lesbianas y organizábamos tours de tortas. Eso alejó a todo el mercado familiar y nos acercó al mundo gay. Las Torti hicieron una fortuna (*).

 

Ninguna agencia vendió tantos viajes y tours por el mundo. Hasta venían de otras provincias y de países vecinos como Chile, Perú, Uruguay y Paraguay. Hoy son comunes los tours gay y Argentina está entre los cinco destinos más solicitados. Pero en aquella época había que tener agallas para organizarlos. Y para comprarlos.

 

Gracias a ello yo pude pagarme toda mi carrera. Una a una mis compañeras fueron renunciando. Su proyecto hétero de vida, hacía agua en el universo Torti. Jamás un hombre, al menos bisexual. Ni pensar en conocer un empresario que las sacara de allí. Yo me quedé. No tenía proyectos emocionales. Ni héteros ni gays. Mi sangre circulaba sólo cuando hacía reservas, planificaba un tour, informaba sobre sitios y circuitos de cada lugar del mundo. Hasta que dejé a las hermanas Torti atrás. Y fui a ver el mundo.

 

Ya era tiempo de saber si yo era algo más que una pelotuda.

NOTA DE LA ABUELA

(*) Las hermanas Torti colocaron su franquicia por todo el país. “Tortitours” fue la marca de los viajes alternativos. Un imperio. En su juventud, fueron muy amigas de Mary Kay y un día se repartieron los colores. El rosa para Mary y el violeta para las Torti. No hay registros de esta relación ni en la revista Hola porque se trata de mujeres. ¡Hola, machistas!