Perder a una amiga del alma es motivo de suicidio. Perder a dos, es resucitar para volver a suicidarse.

“Martuchi, me casooooo!!”

María ya se había casado hacía un año. Y yo aún estaba juntando mis pedazos, cuando la negra vuelve a desparramármelos.

“Ah...!”, estertoré.

Está bien, se casaba. Pero con qué necesidad percutar esa “o” final, como una felicidad a repetición?

“Negri, ya se pueden casar entre mujeres?”

“No, pero como ya cumplí los dieciocho años nos vamos a vivir juntas.”

Un bicho canasto se balanceaba en los rosales de la vieja Medina y movía a sus compañeros contra su voluntad. Al noroeste, un tomate se escapaba de la bolsa de compras de mamá, y de mamá misma, en busca de otras ensaladas. Y desde una ventana vecina, la insoportable nieta de doña Yocutca le sacaba la lengua a los perros de la calle que la miraron como a un osobuco. Es increíble todos los hechos que se desencadenan cuando una se queda sin palabras.

“Marta... Marta.... ¿estás bien?”

Todo lo bien que puede estar alguien que acaba de quedar sola en una isla sin palmeras, sin agua potable. Y sin los guionistas de Lost.

“Pse.”

“Es este sábado. Fue todo rápido. Hay que avisar a María. Tenés que ayudarme. Ustedes son mis madrinas”

Y la ayudé. Permanentemente. En el tiempo que me quedaba libre, pensaba en mi muerte por asfixia por inmersión en el Dique San Roque. Hubo que mentirle a todo el mundo. Era una boda under. Pero el olfato materno nos tendió una celada.

“A ver, vos... qué te pasa que hace dos días no me mirás a la cara? Qué hiciste? Vení y decimelo ya! ¿Qué hiciste!”

“Nada, má. Nos vamos a reunir con las chicas. Hace mucho que no estamos las tres juntas. Y estoy emocionada.”

"Pero si ayer estuvieron tomando mate acá en el gallinero..."

"Ayer?!?!?... y ya las extraño!"

“Mirá... yo te digo una sola cosa y que te entre bien en la cabeza porque no te la pienso repetir. Cuando vos saliste, yo volví dos veces! ¿Me entendiste?”

“Sí, má.”

Su lenguaje críptico me confundía. ¿Con qué necesidad ella volvía dos veces a un lugar por el que yo salía sólo una?

“Y?.... entonces?.... Tenés algo que decirme? Te escucho! Apurate que tengo que ir a comprar más tomates… parece que caminaran… siempre me faltan…

Mmmmm. Todo olía muy mal. Si mamá estaba perdiendo los tomates, algo sabía.

“No, má.”

Y me preparé para la fiesta. La consigna era vestirse de vaquero Lee desteñido y remeritas blancas. Gays y heteros indiferenciadas, corriendo de aquí para allá, con el alma dispuesta y el cuerpo en oferta. Además de María y yo, la negra tenía amigas para todos los gustos. Todas mujeres. Ni el más mínimo hedor a tetosterona. Allí la que no era, quería serlo al menos por esa noche. La fiesta daba para cualquier experimentación. Y yo iba detrás de María intentando hacer la mía. Los ojos de María, pero, sobre todo, esa remera blanca que tapaba como podía un par de tetas insostenibles, estaban causando estragos entre las invitadas.

“¿Son tuyas?”

“¿Las qué?”

“Las tetas…parecen dos planetas, linda.”

“Y esos faroles…”

“Qué ojitos, nena!”

Y yo ahí, detrás de la torta, la de harina y azúcar. Porque el resto de la pastelería estaba alrededor de María. Digo, yo ahí, mirando el acoso formidable sobre mi razón de vivir.

“Ella está conmigo.”

De dónde me salió aquel estibador chipriota aún no lo sé. Pero María lejos de sentirse rescatada me incluyó en el acoso.

“Ay, chicas, quiero que conozcan a mi mejor amiga… vení, marti, vení…”

Y allí estaba yo, la mejor amiga en el medio de un mar de tortas embravecido, intentando sacar a flote a María, la que navegaba sin problemas por aquellas aguas.

Y entonces, escuché su voz.

“Lo que yo comería es una buena porción de torta rociada con aquel champagne…”

“Abuuuu…!!!!”

La vida me ha dado el extraño privilegio de haber compartido una fiesta de tortas con mi abuela.

“!pero qué haces acá, abu… esto es recontra secreto!”

“Ya lo sé… no se lo dije a nadie, salvo a Adelia que está allí charlando con la negra, ella nos invitó…”

Tanta open mind comenzó a afectarme y me escondí en un armario. Afuera, María en un frenesí de seducción, la negra bailando sobre la mesa, borracha de alegría, con Carol. La abuela y Adelia revalidándose la una a la otra. Y yo con mi Lee desteñido y mi remera blanca con poca teta intentando salir para probar la torta de crema chantilly. O la que estuviera más cerca. No hubiera tenido problemas en abrir el closet pero se me atoró la puerta.

Nota de la abuela:
Los vaqueros no eran Lee sino Levy Strauss. La puerta no se le atoró. Lo que sucede es que eran corredizas y ella buscaba el picaporte.