“Mire, doña Yocutca, no voy a poder estar en la fiesta del club; hoy es 3 de diciembre Y cumple años mi chica del medio”.

” La que se la pasa mintiendo?”.

La mentirosa 24 hs. estaba allí mismo, detrás del mostrador y por debajo del nivel de los rumores, rodeada de bolas rojas de arbolito navideño, tiritas interminables de lucecitas enredadas y polvorientas, nieve de navidad de plástico con olor a pis de gato y un pesebre que desde Taiwán nos traía una buena nueva oriental y en oferta.

"Sra. Drooker, cada vez peor estos de Taiwán. Fíjese, este año son menos en el pesebre!!”.

“Ay, pero que desgracia, si seguimos así el año que viene vendrá el ranchito solo!”.

Mientras se olvidaban de mi, yo me dedicaba al robo intensivo de integrantes de pesebres. No para consumo personal. Los fraccionaba y los vendía. Mi amiga del alma, María, con esos ojitos enormes que dios le había dado, los envolvía en papeles brillantes. La negra Gorrochategui conseguía compradores. Y yo traía la merca. Un chrismastráfico.

Hicimos una cantidad respetable de dinero. Lo recuerdo bien porque la suma equivalía a tres coca colas de un litro y diez paquetes galletitas Lincoln. Un dineral. Como cortina, comprábamos a doña Yocutca cada tanto a un integrante del pesebre.

“Chiquita Drooker ,qué hacen con tantas ovejas y niñitos dioses?”
Doña Yocutca Holmes.

“Los donamos a los chicos refugiados”.
Marta Jolie.

Con el dinero recaudado. Nos comprábamos sidras La Farruca, barata y dulce como un panal y brindábamos en el gallinero, al fondo de mi casa, lejos de los adultos ya borrachos y de mamá demasiado sobria.
Y sobrevino el ocaso en forma de hermana menor.

"Yo sabo que vos y vos y vos toman sidra... y que le roban a la yocuca... y que lo venden en la escuela...las vi... las vi...y...”.

No la asfixié porque la sidra me había quitado fuerzas. Le tapé la boca y le dije al oído mientras María y la negra buscaban una
cuerda para atarla.

“Si vos le decís algo a mamá de ésto, no te vamos a poner como niño dios en el pesebre”.

Su silencio equivalia a un pesebre viviente. Un costo muy alto para mi incipiente agnosticismo. El elenco se completaba con María como la virgen. Diosa. La negra como Melchor. Fisic du rol. Y yo como una oveja. Eran los tres únicos disfraces que teníamos.
Y llegó la buena nueva.

“Hijitaaaaa miaaaa de mi corazón..(para mamá, su hija menor) Vamos... vamos que viajamos a Santa Fe...”.

La estrella de belén. Villancicos enteros corriendo por mis venas. Bolas de arbolito de navidad girando alrededor de mi cabeza.

“Se vaaaaaannn, má?!?!”.

“Sí
(así me contestaba a mí, a secas). Ustedes van después en el auto con su padre...ya les hice las valijas, portensé bien, y no saquen los brazos por la ventanilla."

Para mamá, no había otro riesgo en el mundo para el resto de sus hijas.
Felices de no ser carne de pesebre, la negra, María y yo pusimos en liquidación el último pesebre, nos compramos una sidra dulce hasta la extremaunción y brindamos por la virgen, el negro y la oveja, por el niño dios rumbo a Santa Fe y cerramos el negocio hasta el año próximo.