Teníamos la edad justa en que el clítoris era más un dios egipcio que cualquier otra parte del cuerpo. No habíamos aún unido el nombre con la función. Prácticamente, todos los días nos encontrábamos con “el sin nombre” y nos mirábamos, preocupadas, por el inicio de una doble vida.

“Qué te pasa que no querés jugar al elástico?”

“N..n... nnnada, María.....por?”

“Tenés caras… no las caras de siempre… no tenés tus caras.”

Mis caras post sesión clítoris perturbaron a mi amiga María.

“Yo a veces también tengo caras… esas… como las tuyas, Marti…por qué”.

Qué querés que te diga. Si ni sé cómo se llama ni por qué sale de pronto el mío, cómo podría entender lo que hace el tuyo?.

Mientras los varones se mostraban absolutamente todo bajo el sol, nosotras requeríamos de una tarea solitaria y a oscuras para que se asomara, por un breve instante, al mundo exterior. Lo de ellos, era el menú del día. Lo nuestro, había que prepararlo.

Nunca nos importó su tamaño sino que saliera. Tampoco su apariencia. Lo queríamos igual. Como fuera. Pero afuera.

Aquellas primeras y azarosas descargas eléctricas fueron un golpe a nuestra vida personal, la que cambió para siempre.

“Chiquitas... qué andas cuchicheando! No escucharon el timbreee! Abran!!!!! ...por cómo grita, es la negra Gorrochategui! Yo estoy haciendo crucigramas en el bañooooo!!!”

Mamá era especialista en romper climax de todo tipo.

Si la negra no hubiese esa tarde conseguido el libro en la casa de su tía, yo hubiera pasado años de mi vida productiva pensando que era la única en la tierra con semejante secreto. Pero, gracias a la negra, esa tarde nos enteramos de que cada una tenía el suyo.

“Mirá ese dibujo, negrita, yo vi uno igual!”

“En serio? Yo también! A veeer.... referencia número cuatro... referencia número cuatro.... tres... cuatro... Acá está…! Clítoris! Se llama clítoris!”

“Clítoris? Ah....!...cómo la diosa!”

“No, María, esa es Osiris.”

“No, negra, Osiris es hombre… será Isis…”

“Ay, tenés razón, la esposa… esa que sale en la foto parada atrás”

“Sí, como si hubiera llegado tarde.”

“No. En el antiguo Egipto los únicos que se sentaban eran los hombres.”

“Y cómo sabés tanto, Marti?”

“Porque tengo todos los tomos del LO SE TODO.”

“Bueno, clítoris debe haber nacido en el mismo lugar.”

“Entonces viene de Egipto.”

De cómo vinieron de Egipto directamente a implantarse en cada una de nosotras era un enigma mayor que el de las pirámides.

Era evidente, por nuestra “caras”, que las tres ya habiamos tenido encontronazos con nuestro dios egipcio. Y aunque ya le sabíamos el nombre, faltaba aún darle un destino. El tiempo se encargó de que se lo dejáramos de señalar con el dedo.

A partir de ese esclarecedor día, mi clítoris personal no me dejó casi nunca sola y la vez en que no lo encontré (o no lo encontraron) hice crucigramas con mi mano derecha. Sí. Como mamá.