Tardes enteras con sus noches y sus madrugadas, esperé que un rayo misterioso me partiera. O hiciera un nido en mi pelo.
Me imaginé sobreviviendo, más de una vez, a un ataque de tiburones. Y, hasta hoy, ningún aerolito me aplastó como la pobre vaca de Cuba.
Jamás lo que toqué se transformó en oro, o, simplemente, se transformó. Y siempre tuve que ir yo hasta la montaña. Sola y sin Mahoma.
Nunca adiviné los números de la Lotería y la vez que gané en una kermes del colegio fue porque hicieron trampa los padres para que yo dejara de gritar.
Quise ser una asesina serial pero le tengo miedo a las armas y me da impresión apretarle el cuello a las personas. Quise ser una ladrona de bancos, pero de los nervios me tiembla la pierna izquierda como un telégrafo mercantil.
El mundo de los hechos me era algo ajeno. Y el de las palabras, indescifrable. Por eso, mamá me llevó a estudiar piano.
Como le gustaba la quiniela clandestina, apostó fuerte. Compró un piano color ciruelo por el que no tuve piedad. Tampoco tuve la más mínima consideración por la Sonata Patética de Beethoven, los Nocturnos de Chopin y el El Himno Nacional Argentino. Mientras lo practicaba para el examen pensando cómo se vería un hongo nuclear en nuestro patio, los vi por la ventana.
“Má... está toda la comisión del Club, afuera”
“Ajá...”
“Má...”
“Ya te escuchéeee...”
“Esta toda, completa la comisión afuera, los doce...”
“Y QUÉ QUERÉS QUE HAGA?!?!?! Que los invite a comer?!?!?!?! Dejá de perder tiempo y seguí practicando el himno”
“Pero máa.....”
“No escuchoo... no escuchoo... a ver... oid mortales ... el griiito sagraaaaado... vamos.... vamoooos!”
El timbre interrumpe la arenga. Abro y una estampida de búfalos adultos pasa por sobre mi pubertad. Mercedes, la tortuga, a velocidad crucero, llega a la chimenea zambulléndose entre los leños. Y agradecí a quien quisiera leerme el pensamiento que no fuera invierno.
“Está tu mami, nena?”
“Está cantando el himno.”
“Bueno, llamala, por eso venimos”
“Aquí estoy... ya les dije que no quiero ser presidenta del club. Colaboraré con ustedes… siempre... ya lo saben.”
Mamá tenía dentro suyo a una estadista y se activaba con más de dos personas presentes que no fueran familiares directos. Su discurso de luchadora social renunciaba a los cargos y a los honores. Pero no al pueblo. Con el delantal puesto y una palta a medio pelar en su mano, hablaba a la nación argentina. Y la nación le contestaba.
“Sra. Drooker... no es por eso... eeeeh... mire... resulta queee....”
“Hombre, hable de una vez, caramba, con todo lo que tengo que pelar....”
“Es su hija....”
“Cuál de ellas...”
“La que toca el piano todos los días, de las trece a las quince horas.”
Esa era yo. Y empecé a tomar velocidad crucero para buscar refugio entre los leños, junto a Mercedes.
“Yo ya les he hecho llegar una circular avisándoles que la chica puede practicar sólo a esa hora.”
“Sí, no hay problema. Pero podría cambiar el tema? Desde hace treinta días, escuchamos el himno... y en este barrio... usted lo sabe... somos patriotas y tenemos que pararnos mientras dura la canción...”
Mamá que no era patriota ni creyente pero tenía absolutamente a todos engañados, menos a mí, prefirió no discutir y a partir de ese día, toqué la marcha de San Lorenzo, la que mamá amaba y cantaba sotto voce.
El barrio ya no se puso de pie. Yo nunca aprobé los exámenes de piano. Y jamás cumplí el sueño materno de ser una Martha Argerich. Pero debo confesar que pocas veces estuvimos con tanta armonía mamá y yo juntas por más de una hora. Ella, feliz de jugar a ser María Callas y yo, su pianista fiel y mediocre.
Cuando mamá no era mamá, yo tampoco era yo. Y de golpe, nada era imposible. Nada.

Mi nombre es Marta Drooker. Y nunca miro de frente. Lo mejor pasa por los costados y no quiero perdérmelo. Durante buena parte de mi vida sólo comí papas fritas y helado y no me morí. Escucho voces y veo cosas extrañas. Salvo cuando estoy sola. Nunca me despierto a la misma hora ni en el mismo día. Y trato, en lo posible, de no decir la verdad. Este planeta me cansa por lo que trato de dormir en todo momento. Tengo problemas con los humanos. Ninguno con las vacas. Por eso no me las como. Y, si bien, adoro a mi abuela, a veces la mataría. Tengo un blog para acordarme de que todavía sigo aquí. Aunque no parezca.








vargas on the blog
12 sep 2007 | 05:52 AM
" ... y yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa ...
Comadre ... donde esta esa niña amarga ...
(Verte que te quiero verte)
laurabaires
12 sep 2007 | 08:05 PM
Febo asoma; ya sus rayos
iluminan el histórico esperpento
tras los muros, puro ruido,
oír se deja disonante y bochinchero
Son las huestes que prepara
SanMartá para aprobar con gran consenso,
Y el ring ring, estridente sonó
y la voz del vil club
la tortuga asustó
Mamaá, soldado heroico,
cubriéndose de gloria,
cual precio a la victoria,
su vida rinde, haciéndose inmortal;
y allí, salvó el enojo
del club y de su gente
y en medio continente,
¡Honor, honor a SanMamá!
Besos, luciérnaga curiosa....
Seguí con las teclas... de la compu.... Hacés maravillas!
marta drooker
13 sep 2007 | 06:30 PM
Vargas querido: aquí está la niña amarga... que ya es una vieja chota... pero que también quiere verte que te quiere verte!
Laurita: jaaaaaaaaa jajajajajaaaaaaaaaaaaaa! El día que te conozca me vestiré de fiesta con mi mejor color.... y eso es mucho viniendo de mi crotedad pret a porter. Me reiré con tu comentario hasta evaporarme y mi risa llegará más allá del Pilcomayo. Qué versión de la marcha! Qué versión! autor! Autor!
Abuela Elenita
18 sep 2007 | 05:16 PM
Nieta querida de mi corazón de San Lorenzo:
Sólo no puse una molotov en el club cuando había reunión de comisión porque en una de sus paredes había un mural pintado por Adelia... que si no ya hubieran volado por los aires en su momento. Hay una sola inexactitud en tu historia. Tu madre nunca peló una palta. Las odiaba tanto como a las berenjenas. Es más, ella nunca peló nada. Para eso las tenía a las hijas.
davichof
28 oct 2007 | 12:36 PM
quise ser asesino serial pero me dan miedo las armas y me da impresión apretarle el cuello a las personas....Todavía me estoy riendo. ¿Por qué todos hemos tenido una infancia de aprendices de pianistas? jajajajaja. Genial Marta. Un abrazo.