Querida Adelia de mi corazón:

En Ipanema, todo se ve diferente. Desde que se me rompieron los lentes no bien bajé del avión, el mundo brasileño para mí es una incógnita. Aunque me las he arreglado bastante bien con unos que me prestó el taxista que nos trajo hasta el hotel. Ese viaje nos salió más caro que un crucero francés al caribe, abordado en la isla de Pascua. Pero era tan amable, tan alegre, tan carioca que se lo pagué con gusto.

Estoy aprendiendo a sambar en la playa. A Martita no le interesa. Se la pasa leyendo debajo de la sombrilla. Quiere aprender portugués. No para hablar sino para escribir. Vos sabés que a ella le cuesta comunicarse con la voz.

Yo no te puedo explicar lo que nos hemos divertido aquí. En la habitación del hotel hay una heladerita repleta de frutas. Yo me la llevo toda a la playa para unos chiquitos pobres. Aunque el otro día me dijeron vieja de mierda porque están cansados de tanto plátano y tanto kiwi y querían cruceiros o dólares. Yo no tenía ni lo uno ni lo otro. Sólo plátanos y pesos argentinos. Que es lo mismo que incitar a la violencia. Los chiquitos se pusieron nerviosos como gente adulta. Vos sabés muy bien, Adelia, que para mí los niños son intocables. Y si bien éstos me miraban con odio típicamente tropical, yo no los toqué. Sólo les tiré arena en los ojos. Y salí corriendo lo suficiente como para que se olvidaran de mi.

Pero al ver el rostro de Martita leyendo como si estuviera en el baño, se dieron cuenta de que era mi pariente. Y cuando se disponían a romperle la sombrilla, la chiquita se brotó como los zapallos de nuestra huerta, Adelia, y los aplastó. Les tiró la heladerita, los kiwis, las bananas, la sombrilla misma y todos y cada uno de los libros que estaba leyendo.

Se la llevaron detenida y a mí junto a ella por arengarla desde lejos al exterminio. No hay nada que me ponga tan mal como un niño que no quiere comer frutas. No soy yo. Lo que no sabía es que mi nieta tampoco era ella cuando le amenazan la sombrilla.

En fin, Adelia, no me preguntes cómo recuperaremos nuestra libertad. Por el momento, recuperamos la heladerita, algunos kiwis y la sombrilla descocida que ya remendé. Está chocha.

No le digas nada a la madre de todo ésto. Vos sabés que a ella no le gusta que la hija ande con remiendos.

Ya te compré las Hering. Cómo me gustaría que estuvieras aquí compartiendo nuestro paraíso carioca! Bué… otra vez será!

Con todo mi amor

Elenita