La boda de mi mejor amiga.

Ibamos por la tercera copa de vino. La negra y yo no parecíamos dos ex novios despechados. Lo éramos. En el inmenso salón de fiestas repleto de barrio, con sanguchitos de miga pisoteados en el suelo, carozos de aceitunas de vaya a saber qué boca rodando sobre la mesa, el olor familiar nos revolvía el estómago a punto nieve.

“Nunca voy a casarme... ni a vivir en pareja... ni a tener hijos, a lo sumo nietos....te lo juro, negra!.”

“Yo voy a vivir con Carol apenas cumpla los 18... pero es para ahorrarnos un alquiler, eh!.”

“Negri... prometeme que aunque con el tiempo se aprueben los casamientos entre mujeres vos jamás te vas a casar... jamás!!.”

“Jamás, te lo prometo... y vos prometeme que algún día vas a compartir el alquiler con alguien... digo... para economizar.”

“Pero eso no se computa como convivencia, negrita?.”

“Naaa… sólo se verían cuando tengan que pagar el alquiler.”

“Bué… entonces, sí, te lo prometo.”

“Ay, Marti.... miralo… mirá la cara de contento del infeliz...”

“Qué le habrá visto a ese pelotudo, negra... qué?!?!?”

Estábamos borrachas, celosas y célibes pero no sordas. Mamá a tres metros de distancia calentaba motores.

“No, no, no, doña Yocutca... mi hija del medio es el problema... nunca tiene los pies sobre la tierra y cuando los tiene miente... así que mejor que ande por Saturno... qué quiere que le diga...algo tiene mal... y me voy a morir sin saberlo...o me mata antes a disgustos… esta mocosa de mierda se queda soltera… quién va a aguantar semejante clavel… quiéeeeeen sino su propia madre!!!???!?!”

Luego de treinta y ocho canapés sacrificados entre mi propia madre y doña Yocutca, mi vida ya era de dominio público.

Detrás nuestro, del otro lado de un potus de plástico que nos camuflaba, la mamá de la negra colaboraba con nuestra depresión.

“Mire... el tema de mi hija nos partió en mil pedazos... ya ni siquiera tenemos los impuestos al día y a mi marido le da lo mismo cenar a las ocho o a las nueve…El, que era tan metódico!!!!... ¿se da cuenta, doña Medina?....toda nuestra vida cambió.... la chica está confundida.... cómo le van a gustar las mujeres si yo jamás la dejé sola...jamás...(?) en qué momento, entonces, dígame, en qué momento tomó decisiones por su cuenta?!?! Cuando vio La Novicia Rebelde? Después de la clase de catequesis?”

Y así la mentirosa asesina y la gay descuartizadora se bajaron dos litros de vino tinto hasta quedar sordas.

Seguro que tenía que ver. Digo, el consumo de salsa golf con la delación materna. Más comían, más hablaban. De nosotras. Las falladas. Las segunda selección. Las hijas outlet.

“Chiiicas.... cómo la están pasando?!?!?!”

Sacando las conversaciones maternas, el potus de mierda a nuestras espaldas, los canapés, tu boda y la vida misma, bien, María. Gracias.

“Vengan. Vamos a bailar!!”.

No recuerdo bien lo que sucedió. Sé que la salsa golf de los canapés y el vino tinto se mezclaron y mi ser en el mundo se cayó del mismo. Pero no estuvo solo. Detrás venía el de la negra a todo galope. Y en nuestras coordenadas, el novio. Estábamos en el preciso instante en que todo importa nada. La alquimia de los celos nos convirtió en un momento de adolescentes a watusis gigantezcos corriendo al novio para violarlo o molerlo a golpes –nos daba lo mismo-. Sólo no fue matanza porque escuchamos una voz que no era de este mundo.

“Negrita, Marti... vamos afuera a tomar aire...”

Carol, diosa salvadora, novia de la negra, cuerpo italiano, voz de Ava Gardner. Al fin del mundo. A las antípodas de todo. Sólo por ir detrás tuyo. Y nuestra mente enferma soltó al novio. El aire frío nos hizo nuevamente occidentales y los watusi se fueron a otros cuerpos.

Las madres enfrascadas en la difamación ni se enteraron de una fiestita que casi termina en abuso.

Con el tiempo lo fuimos aceptando. No al novio sino al hecho de que María no estaría ya tanto con nosotras. Todas estas desgracias comenzaron cuando la salsa golf entró en nuestras vidas. Desbocando madres. Robando amigas. Aterrorizando novios.

Y no nos quedó otra que crecer.