Estábamos envejeciendo. Ya hablábamos de canapés con atún y salsa golf.
Ni perros calientes ni mostaza.
Salsa golf.
El aderezo de la vejez.
Nadie con menos de veinte años la invoca.
Y lo que es peor: estábamos perdiendo cuadros. Y lo que es la madre de todos los peores. Nuestra primera baja era María.
Qué nos pasó? Así, tan de repente. De golpe y porrazo. De zopetón.
María se casaba.
Con qué necesidad? Lo tenía todo. Amigos. Padre. Tíos. Ojos galácticos. Afecto del barrio. Respeto de sus profesores. Paciencia del almacenero. Tetas con rayita. Los quinotos al rhum que preparaba la negra Gorrochategui. La admiración del equipo de básquet. Cuenta corriente a sesenta días en la tienda de doña Yocutca. Botas de cuero negro hasta las rodillas. A mí. Me tenía a mí de las pestañas. O de donde ella quisiera. Entera. O cortada en porciones.
“Che, Marti,… me caso… me caso antes de fin de año…”.
Qué feo, Mary!. Hacerme eso en plena primavera, con las hormonas sin oblea de seguridad.
“Vos y la negra me tienen que ayudar a elegir el menú.”
Puaj. Menú de casamiento. Pollo frío, transpirado, con cuero lleno de poros abiertos. Bocaditos pegajosos, plastificados, de todos los colores. Y canapés. Los de cuerpecito hueco y con sabor a kerosene, repletos de esa cosa rosa, agazapada, olorosa y grasienta. Ella, la peor de todas. La salsa de la tercera edad. La golf.
“Mirá qué rico… canapés con salsa golf… mmm...che, los pongo?”
Too much, Mary. Siempre temí la llegada de ese momento. Y llegó. Con tango y todo.
Qué grande ha sido nuestro amor y sin embargo, ay!, mirá lo que quedó. La salsa. La golf. La mayonesa avergonzada.
“Ay… y de postre, almendrado…te parece bien?”
Traidora. Con lo bueno que le salen los quinotos al rhum a la negrita.
Yo te digo una sola cosa, María, ahora que ya hace rato que la salsa golf entra y sale de mi heladera como pancho por su casa y que ya no le temo: casarte a los dieciocho años nos aceleró la vejez. Y aunque perdí a una amiga, debo reconocer que gané un aderezo. De todos modos, la vida deja mucho que desear con aquello de que así como te quita, te da. A mí me dio un frasco Hellmans. Pijotera.
“Marti… quiero que vos y la negra sean mis madrinas”.
Retiro lo dicho. Fuera, frasco asqueroso. Hola, diosa. No había una amiga de menos. Sólo un marido de más. La negra, en plena etapa “soy lo que soy”, hubiese sido un hermoso padrino moreno pero estaba don Frenttidorzo. Y yo, para ponerme un vestido y peinarme como una terrícola necesitaba de una estimulación materna: “O te vestís como una persona o te rompo el alma a patadas”. Pobre almita. Muerte fea.
Y así fue cómo María se casó, comimos canapés con salsa “ocaso de la vida” y, sobre todo, y porque nuestra amiga nos dio el visto bueno, fuimos dos madrinas en jeans y remeras. Eso sí, peinadas en la peluquería del barrio “Chula Quesada, el arte a la cabeza” (sic). Fue una negociación con las madres. Batido duro, tipo cascarita, spray en dosis letales. La negra parecía James Brown. Yo, Rita Pavone. Chula tenía la tendencia a convertir tu cabeza en algo ajeno a tu cuerpo.
Y así, con una sensación bipolar, entramos la negra, James, Rita y yo a la iglesia. I feel good.