Yo no supe de su existencia hasta los siete años. La carcajada. Pero una de verdad, con vista panorámica a los adenoides.

“Martita viene conmigo... No, no, no …la chiquita, no porque se hace pis encima todo el tiempo y la mayor menos porque hay que atarla para que no se suba arriba de cuanto chico ve”.

Entre intentos de cópula y esfínteres abiertos las 24 hs., abuela se quedó con la insoportable levedad de la ostra: yo.

Nos fuimos a El Bolsón, un paraíso al sur de Argentina, en plena patagonia. En los setenta, reducto de hippies, vida en comunidad y amigas de mi abuela. La meca del poder de la flor.

Todos eran seguidores de Lanza del Vasto. Mi abuela, de una mexicana de pelo azul de tan negro y ojos planetas de tan grandes.

“Mary Solís, te presento a mi nieta”. Cuando alguien le batía la sangre, abuela te la presentaba con nombre y apellido. A esas alturas, ya su sangre era crema chantilly. Fueron por frutillas para completar el postre y yo me quedé en una especie de guardería de la era de acuario. Con niños vestidos como Los Picapiedras y un maestro con cara de dar la otra mejilla que nos enseñaba a cultivar la tierra. Profundamente conmovida, descubrí que la agricultura era algo más que la germinación del poroto en el vaso. Allí no se comía carne y en vez de Juan, el lechero, la leche nos la daba Aurelia, la vaca.

Terminábamos la jornada cantando (siempre cantábamos, a la mañana, al comer, al cultivar, al jugar, al caminar, al bañarnos, al cantar -porque cantábamos sobre nuestro propio canto y el ajeno). Y el tema recurrente era “Mañana Campestre” de Gustavo Santaolalla y su grupo Arco Iris. Sí, ese Gustavo, el que ganó dos Oscar seguidos porque en Estados Unidos jamás escucharon “Mañana Campestre”.

Una mujer parecida a Joan Baez me esperaba en la puerta de la cabaña.

“Martita, sos la nieta de Elena, verdad?”

“Pse”.

“Bueno, mientras ella regresa del bosque quedate con nosotros”.

Y me quedé con “nosotros” que éramos todos, la comunidad entera, chicos, adultos, vacas. Justo yo, ese puro yo mío que le escapaba a un ”tú” y ni hablar de un “nosotros”.

Cenamos calabaza con arroz y de postre cantamos “I shot the sheriff” de Bob Marley.

Se ve que escaseaban las frutillas en el bosque porque abuela y Mary Solís no aparecían.

Yo estaba sin tele hacía cuatro días, sin chocolates, sin María y la negra, sin Narciso y sin mentirle a mamá. Pero, sobre todo, sin soledad.

La abstinencia comenzó a mostrar su síndrome.

Mientras todos afuera danzaban bajo la luz de la luna, fui a buscar algún resto de hidratos de carbono antes de colapsar. Lo habían dejado humeante sobre la chimenea. Y le di un par de pitadas.

No sólo le dancé a la hermana luna sino que llevada por un espíritu franciscano de asís, me zarandeé frente a las hermanas montañas, a los hermanos árboles, a la hermana vaca Aurelia, a las hermanas calabazas, al hermano arroz, al hermano “nosotros”. Todo acompañado por una carcajada imparable, abarcadora, ominosa. Una carcajada llena de hidratos de carbono y Marías y negras y televisores y mentiras girando a mi alrededor.

Cuando desperté, estaba con mi abuela en un tren rumbo a casa.

Nunca más visité El Bolsón. Pero no fue la última vez que me reí a carcajadas.