Domingo por la mañana. Casa familiar.

“Quien fue el raro bicho quetehadicho che pebete... quepasueltiempo del firulete...”. Cuando barría el patio, mamá manejaba la escoba como un micrófono. Ni falta que le hacía. Un susurro suyo hacía temblar las copas de la vitrina. Nació con amplificadores incorporados. Inconsciente o no de ello, cantaba a todo pulmón a partir de las ocho de la mañana. Desde el tango “El firulete” hasta la ópera “La Tosca” de Puccini, pasando por una variada lista de boleros y canciones patrias. La marcha de San Lorenzo, su preferida. Es por eso que los domingos, en casa, se madrugaba. Febo asoma ya sus rayos.

Para matar el tiempo y los tímpanos, mi hermana mayor giraba en el sentido del tocadiscos con “Enciende mi fuego, nena”. Papá intentaba olvidar su presente, lejos de Jim Morrison y detrás del diario de la mañana y mi hermana menor corría a la tortuga dándole un patio de ventaja. Yo iba por la enésima fórmula para suicidarme sin dolor.

Sonó el timbre y la soprano entonó. “A veeeer.... alguien que abra la pueeeeeerta...”. “Ya escucharon a su madre, chinitas!”. Estaba claro que papá era algo que no se identificaba con “alguien”. “Yo ya fui ayer…”, dijo mi hermana mayor y teniendo en cuenta que la menor estaba en el segundo patio con la tortuga y que, además, mi fórmula había fallado, fui yo.

“Sra. Gorrochategui cómo le v....”. Quedé hablando con la magnífica puerta de pinotea de la entrada. Ya estaba abrazada a mamá llorando. La mamá de la negra. En casa. Llorando. Abrazada. A mamá. Una suma de hechos improbables de pronto estaban sucediendo. Todos juntos. Frente a mis ojos. Y desaparecieron los hechos y las madres en el lavadero.

Como perseguida en la playa de Sumatra por el tsunami, me fui a la casa de la negra, mientras se desarrollaba la junta materna.

“Negri.... negrita.... (tirándole piedras a la ventana de su cuarto)… tu vieja está en casa... negri...” Mientras tiraba la cuarta piedra, la negra ya estaba al lado mío, con sus ojos y toda su cara sintonizada en la debacle. “Quéeee... uy... le fue a contar a tu vieja.... y… sí…se lo dije, che.... se lo dije anoche... y bué... ya está....ya está…”.

“Negra, vení...vení…. Vamos a la casa de María a esconderte en el sótano...ese que está lleno de salames… comida no te va a faltar…. Vamos, te van a internar, seguro, te van a hacer electroshock, para que te olvidés de las mujeres.... vamos, apurate... vamos…”.

”No, Marti, no, no....me quedó acá... la espero... no me pienso esconder más… que me electrocuten, si quieren!!”.

Eva Perón. Rosa Luxemburgo.Las dosjuntas no hacían una negra.

Hasta el solfeo me sonaba mal. Una blanca no vale dos negras. Una negra vale dos blancas. Esta negra, la nuestra. La Juana Azurduy, flor del Alto Perú. Hasta la victoria, siempre.

Y volví al otro campo de batalla. Las agallas de mi amiga me robustecieron de manera increíble. Como Hulk. Casi tiré abajo la puerta de pinotea. Con la negra no se metan, guachas! Yo les voy a ense.....

“A ver, che, dónde te habías metido vos! Cosa seria, caramba! Vení…. Pero vení, te digo, que no te voy a hacer nada….!. Mirá... eeeh...esteeee... la mamá de la negra anduvo por acá y vos... vos viste cómo estaba. Te imaginarás para que vino… bueno, yo lo único que te digo es que está bien, hija, es duro, pero está bien. Digo, lo que hizo la negra…eso… de decirle que… que le gustan las chicas…hay que atreverse, che!... y vos… digo… vos… tenés algo que decirme… y que me va a romper el corazón pero bué… yo te entiendo… en fin… tenés algo atravesado en la garganta… y que te hace infeliz…y crees que yo te voy a matar si me lo decís…?”

“No, má”.

No era el momento de despejar mi garganta sino de llenar mi corazón.

Sí. En casa los domingos se madrugaba. Y desde aquel domingo yo madrugué con ganas. Y hasta le alcancé el micrófono.