“Mirá… callate… todavía no te limpiás el culo y me andás discutiendo… camine para la casa… y chito la boca…”. Y cuando no era el culo, era la nariz. Para mamá, lo mismo. De sucios. Eso me dejaba fuera de toda conversación. Hablar con mamá no era fácil. Una tenía que estar limpia. Inolora. E insabora. Supe lamerme para ver si no tenía ese gustito salado de la mugritud.
Con respecto a los mocos, no recuerdo que se me quedaran suspendidos por mucho tiempo. Yo era voraz como un bichito bolita. Los mocos y mi propia mierda. Algo habrán tenido de bueno porque desde siempre he tenido una piel muy sana.
Dentro de estos deportes extremos, también estaban las escupidas. La negra Gorrochategui vivía en una casa de dos plantas. Ver estrellarse la saliva con globitos en la vereda desde el primer piso nos provocaba taquicardia en el cerebro. Gritábamos, saltábamos y aplaudíamos. Transpiradas. Excesivas. Niñas fauno. Y escupíamos hasta la última gota. Ya con la boca seca, nos tirábamos arriba de la cama de la negra a reponer fuerzas. Para estos juegos nos sobraban insumos. Pero la fábrica ante tal demanda necesitaba tiempo de producción
De pronto, y quizás por el maravilloso pastel de chocolate de la mamá de la negra, sentí un exceso de mercadería en el depósito y tuve que sacar algo afuera. “Tas pintando con caca?” “Pse… querés?”. “Yo también quiero”. Una para todas y todas para la mierda.
Pintamos en ese cuarto murales por doquier. Entra la mamá de la negra. Nos mira como si fueramos el clan Manson. Paredes, piso, cubrecamas, todos virados al sepia. Una capilla sixtina. Pero de mierda.
“Ay…nooo!”, dijo. Y se fue a buscar refuerzos. Volvió con mamá y don Frenttidorzo. Mamá me envolvió en una toalla gigantezca y sólo me dejo fuera el flequillo y los ojos. Me cargó como una bolsa de papas sobre sus hombros. Y llevó mi cabeza rebotando todo el camino. La hija tubérculo no tuvo desprendimiento de retina porque mamá tenía vencida la Obra social y la papa estaba sin cobertura.
Alcancé a ver cómo don Frenttidorzo cargaba a María en el canastito de la bicicleta. La envolvía en una manta. María tenía pintada aún la cara. El hombre le dio un beso. Y la boina verde lo abrazó pasándole restos de pintura escatológica.
Habíamos comido lo mismo. Pero no era la misma mierda. Mientras a María le daban besos, a mí me daban la espalda. Y eso sí que es una mierda.