Sentíamos asco. Entre nosotros. A terceros. Mamá no tomaba de los vasos de cualquiera de sus tres hijas. La baba. Los mocos. Nuestras manufacturas infantiles. Mi hermana mayor no soportaba verme masticar puré de papas. Aún lo hago. Yo no podía ni puedo (qué poco que he evolucionado en mis ascos!) ver flotar cosas en un medio líquido. Sea en una taza de café o en el Adriático. Se trate de una ramita o de un cuerpo. Mi hermana menor le tenía impresión a los cubiertos. Usados o no. Culpa de ella estábamos allí, en la meca de la chanchada. El restaurante “Pollo a las brasas”, donde se comía con las manos.
Ah! A papá le teníamos asco todas. El comía de una forma extraña, acústica, de altísimos decibeles y gran cobertura. Para nosotros, el asco mutuo era una demostración suprema de amor. Suprema de pollo.
A pesar de todo esto, pisando firme sobre el asco, íbamos a comer allí. Sin cubiertos.
Al lado de cada plato, un recipiente con agua nos sugería que podríamos enjuagarnos los dedos aceitosos entre presa y presa. Lo que quedaba flotando, aún me da arcadas y casi no puedo seguir escribiendo. La náusea. Cuando nos acompañaba María, la parábola de la asquerosidad se cerraba. De un portazo. Y la náusea daba paso a la gran comilona. Sin Phillipe Noiret. Y sin Sartre. Sólo drookers y frenttidorzos.
“Cheeee ñam... ñam... ñam… qué rica que est... ñam...ñam....ñam...la pata de poll...ñam, ñam, ñam...” Sí. La de las tetas con rayita. La primera que cabalgó acompañada. La de los gloriosos bigotes pirata de corcho. La de los ojos cinemascope. Ella. Mi amiga del alma. Mi contraseña. Mi coartada perfecta. Hablaba con la boca llena. No como lo haría una niña. María era un estibador de puerto a la hora del almuerzo. Un vikingo adulto despedazando la presa. Pechuga, pata, muslo. Todo era pulverizado en cuestión de segundos. La boca de María jamás se cerraba. Nos mostraba la formación del bolo alimenticio y sus últimos minutos de vida. Todo el proceso digestivo a nuestro alcance. Sin recurrir a los “Lo sé Todo”. Una diosa bacanal. La mismísima hija de Baco. Papá. Nuestro Baco.
Tenían su mano a mano. Hablaban y cientos de partículas salían eyectadas de sus bocas a destinos inciertos. O a nuestras caras. Jamás me dio asco María y sus eyecciones. Ni tampoco las de papá. Cuando María perdió a su mamá en un accidente de tránsito, papá se portó como una madre. Casi no hubo salida familiar en la que no estuviese María. Cada vez que comenzaba a faenar su comida, yo la miraba con ternura y pensaba en la suerte que había tenido mi amiga. Hija única, huérfana de madre, padre casi mudo. Nadie le hacía la vida imposible y comía como quería. Y allí estaba, feliz, con su boca llena de libertad. Y yo, dentro de mí misma y más adentro, masticando puré, desde mi cautiverio.