40º a la sombra. Ya iba por mi tercera vuelta de Rhodesia. Ardía. Como una troyana. El chocolate derretido había hecho metástasis en mi cara. Siesta de sábado de verano. Y sin noticias de María y su tripulación. De pronto, un refucilo y detrás, Maríaportodosloscielosquémaravillaloquetehiciste. Qué extraordinaria pirata! Qué obra maestra de todos los mares! Qué proa para atravesar todos los océanos!. Qué bigotes!
“Y???? Qué te parece?!?!?!?!?!?!?!”. La gloria, María. La agonía misma. El éxtasis. Sobredosis de adrenalina. “Me par... me pare...e..eeee ce ...eeeee”. Impresionada y sorprendida, luego de tartamudear un largo rato, quedé sin vocales. Nunca había visto a María con bigotes. Bigotes de corcho quemado que la muñeca de estibador de don Frenttidorzo había fileteado dalinescamente. Era una pirata única. De colección. Un incunable. Pedí una tregua y fui a tierra firme a abastecerme de consonantes y de bigotes.
“Nooo, te digo que noooo, hace un calor bárbaro... vos estás loca?... te querés enfermar?.. eh? Eso querés, vos, eh? eso?”. Buena parte de mi infancia mamá estuvo convencida de que no queríamos jugar sino enfermarnos. Dar vueltas en la calesita? Calumnias!. Queríamos marearnos hasta el vómito. Meternos en el río? Falso!. Intentábamos resfriarnos. Barquitos de papel? Ja!. Era evidente que querïamos contaminarnos con la tinta. De todos modos, jamás nos prohibió jugar. Sólo nos advertía que nos estábamos arruinando la salud.. Y así, con esa sensación de estar jugándonos la vida, jugábamos.
Finalmente y luego de dejar bien en claro algún problemita de piel irreversible, me pintó los bigotes. O el corcho estaba vencido o mamá no estaba inspirada. Mis bigotes Frida Kahlo no tenían ese toque mundano de los de María. Ella estaba a las altura de las circunstancias. Una capitana pirata. Yo estaba a la altura de la bodega del barco. Una grumete de poca monta. “Qué tenés en la cara....”. Qué estocada certera! Oh, mundo! Oh, vida! Qué temprano se cercenó un destino! Qué bigote desdichado!. María pirata tiró por la borda mis sueños de corcho quemado. Toda una tripulación formada por hermanitos menores, primos sin derecho a voto y vecinos obsecuentes esperando mi respuesta. Debería matar a María? Jamás. Si estaba para comérsela. Con mi espada de pino eliotis forrada con los papelitos de Rhodesia, le contesté: “es una enfermedad incurable producida por corchos quemados!”. “Ajá...”. Depusimos las armas y los bigotes y nos fuimos a comer kinotos en lo de la negra Gorrochategui. La tripulación tuvo franco. Y se reencontró con sus seres queridos. Mil y un relatos de alta mar desbordaron de sus bocas.
Al regresar a casa, el naufragio. Mamá junto a otras preocupadas madres de los miembros de la tripulación miraban a esa pirata bañada de jugo de kinotos, con restos de chocolate y de bigotes. “Pero noo... no ven? Acá está... si no tiene nada...!! Pero si esta chica en vez de vida tiene un simulacro”. Por un tiempo más extenso que lo aconsejable, pensé que un simulacro era una variación del sarampión. Cuando entendí lo que era, ya me depilaba mis propios bigotes. El simulacro seguía. Pero sin corcho.