“¿Qué llevás ahí?....QUÉ LLEVÁS AHÍ, POR EL AMOR DE DIOSSSS!!!!?”. ”Nada, má.... es Susana”. “Quéééé?!?!?!?!?.. la gata se queda en casa te dije!... tu abuela la va a cuidar. Y vos... y vos... qué llevás ahí en la manga...a ver... ay .. será posible, carajo... el loro también se queda... llevalo ya a la jaula....”. “No, no, no, no, no y no… (cada golpe de sus pies en el suelo era un año menos de vida útil para mi hermana menor) yo quiero llevar a Maldonado a la playa!”.”Maldonado se queda, te digo, Maldonado y Susana SE QUEDAAAANNNN!!”. Como duraznero rebosante de frutos, mamá la sacudió. Jamás cayó un fruto. La niña aún estaba verde. El loro y la gata, cultores del statu quo, nunca demostraron interés en viajar durante 12 horas con gente tan apasionada.

Mientras mamá les hacía un cacheo zoológico a mis hermanas, por si llevaban a Concepción, la pequeña tortuga, mimetizada entre las hamburguesas del almuerzo, yo me amotinaba en un cuartito al fondo del patio, una especie de viejo gallinero, cuyas gallinas habían emigrado en su momento. En el momento en que nos mudamos a esa casa.
No me gustaban las vacaciones. Ni la vida al aire libre. Ni el mar. Ni los balnearios. Lo que mi mente se expandía dentro de ese gallinero era inversamente proporcional a lo que se achicaba en los espacios abiertos. Mi gallinero. Mi Camelot.

“¿Dónde estás Marta?... martaaaaa.... -y la letra "a" salió a buscarme- ya estamos todos en el coche.... martaaaaa!!! Si no venís en cinco minutos te quedas solaaaaaa por treinta días.... sin comidaaaa....y anda el hombre de la bolsaaaaa!!!! martaaaaaa!!!”. ¿El hombre de la bolsa? Un pelotudo. Jamás se animó a aparecer ni entonces ni ahora. Que vengan todas las áes del mundo. Que vengan!!!. Nada me importaba. Mi amiga del alma María me traería provisiones. Don Frenttidorzo comía pesado pero tenía buena mano para los pasteles. Y buen ojo para las series. La Caldera del Diablo, Perry Mason y Furia estaban en su top ten. Y por otro lado Maldonado, Susana , mi perro Narciso y yo sueltos por toda la casa. La tierra prometida. Que el éxodo lo hicieran ellos.
Terminados los cinco minutos de gracia, empezó la desgracia. Me aferré a Narciso, como el rey Arturo a su espada. Una Excalibur que me daba fuerzas con su reluciente filo de baba.
Luego de que los gritos de mamá , los bocinazos de papá, el llanto de mi hermana menor escondiendo al loro en una valija y los maullidos de la gata que mi hermana mayor intentaba despegar de las cortinas despertaran a buena parte del barrio, unido al invaluable aporte de Narciso con su aullido de ocasión, nuestra vecina de al lado decidió que éramos rehenes de terroristas chiítas o viceversa y llamó a la policía.
Mamá a las puertas de nuestra fortaleza comenzó a negociar con las últimas áes que le quedaban: “Abrime la puertaaaa... sacá la barreta yaaa!!!! Pero qué querés... decime qué querés... arruinarle las vacaciones a tus hermanas…..egoístaaa!!!..... locaaaa!!! abrime que te mato... te juro que te mato...!”. La muerte tocaba a mi puerta. Demandante. La muerte en el gallinero. Las gallinas, se habrían muerto del susto.? Sabría la muerte que las gallinas ya habían fallecido? Que ya se habían ido con ella? Que del otro lado sólo había una niña y un perro que no querían irse de vacaciones? Es que la muerte era una olvidadiza, una cabecita de novia?
“Pero porqué tenés esa cara.. ay mi dios abrime, ..reaccioná…. chist… chist…por ultima vez, abrime!!!!” Dijo la parca asomada por la ventanita del gallinero. “Discúlpeme, Sra. Drooker, déjeme probar a mí”. El policía con sonrisa de exterminio se robó nuestras miradas. “Hola, nena. Mirá, si vos abrís la puerta, yo no voy a tener que tirarla abajo y romper todo. Te vas a asustar vos y sin querer vamos a lastimar al perrito.... y….se…se…se…ñora…que que… le pa…s..a….”. Lancelot al ataque.
“Qué acaba de decir?!?!?!?!... atrévase... atrevase a rozar a mi familia, a ver... a ver... quiero ver cómo lo hace....”. La mirada lava de mamá petrificó al hombre a nivel Pompeya. Papá ya exhausto de tocar bocina entró a la casa y puso a salvo al policía y su pánico de la caballera andante. Abrí la puerta del gallinero y Narciso y yo nos abrazamos hasta la estrangulación a nuestra mejor espada. Mamá. Mamá Lancelot.
“Ahora decime, porqué, porqué te encerraste… porqué no me contestabas…?”. No recuerdo qué le inventé. Cómo explicarle que en un segundo fue la muerte y al otro un integrante de una mesa redonda y medieval. Lo que sí recuerdo es que Narciso y yo jugamos en la playa y nadamos en el mar durante treinta días ese verano. Sin reclamos. Sin silencios. Sin volcanes ni erupciones. Y sin áes.
Era lo menos que Arturo podía hacer por Lancelot.