“A ver... a veeer... la chiquita Drooker...”. “Yyy…yyyy.... yooo?” contesté en caída libre desde mi duda. “No, dios me libre y guarde, noooo.... la otra... la más simpática....la pequeña... EEEESSSSSSAAAAAAAA!”. Las kermeses en la escuela eran una especie de feria de esclavos africanos. Los padres ofertaban a sus hijas para atender los puestos de los diversos juegos. Las bwanas eran seleccionadas por nuestras amitas, las maestras. Y presentadas, limpias y con todos los dientes al tío Sam, la Madre Superiora. Cuando me dí cuenta que iban a llevarla quien sabe dónde, me ofrecí en su lugar. “Bué... que vengan las dos...?” dijo la maestra. “Ay, no Eleonora, tiene que ser una... una!... Venga, Sra. Drooker, elija una, sólo puede una de sus hijas, queda un puesto”. “La chiquita, claro”. La decisión de Sophie. Pero sin dudas.
Y así quedamos fuera mi amiga del alma María Frenttidorzo, la negra Gorrochategui y yo. María, mucho ojo. La negra, muy negra. Y yo, muy ostra.
Y comenzó la kermes!. Música de circo de fondo. Niñitos corriendo de norte a sur, de este a oeste, de arriba a abajo. Todo alegría. Todo color. Up, up. La familia Drooker en sus puestos, radiantes. Menos yo. Y papá que se había ido a ver una pelea de box.
Y de pronto aparece. Mi abuela, feliz, dispuesta a divertirse, con su (nuestra) amada Adelia. Y nos ve a las tres adheridas a un gran copo de azúcar. “Por qué están solitas, eh?”. “No nos dejan entrar, abu. La Gorro porque es negra, María porque es ojuda y yo porque no hablo.”
Y le habrá parecido que algo no estaba bien para las niñas mosca porque fue directo a la madre superiora y le habló sin comas, sin doble espacio, en mayúsculas y cuerpo 24. Abuela Tío Tom.
Mamá, de lejos, entraba en la era de hielo.
“Chiquitas, vengan con nosotras, vamos a la heladería, salgamos de esta kermese de morondanga!”. Mientras Adelia intentaba desprendernos del copo de azúcar sin romper nuestras alitas, abuela compró tres ositos de peluche y nos regaló uno a cada una.
“Nunca, escúchenme bien, nunca permitan que las hagan sentir mal por lo que son, por cómo son! Me entienden, corazoncitos?”.Abuela por la no discriminación. “Elenita, nos tranquilicemos...”. Adelia por la paz del mundo. “Ya sé, Adelia, pero algo les tiene que quedar... algo les tiene que quedar...”. Nos quedó abuela, nos quedó. Como el azúcar del copo. Gracias.
Lo cierto es que podíamos entrar a la kermes. Pero la negritud, la desmesura ocular, el autismo nos habían dejado fuera. Fuera de algo. Y eso era verdad. La verdad asquerosa.