“Buaaaaaaaa... bu... bu... bu... u..u...u-u-u-u –u-u...(llanto carreteando)
u-u-u-UUUUUUAAAAAAA!!!!!!!”. Despegue. El llanto a turbina de mi amiga del alma, María Frenttidorzo, partía en dos la siesta dominguera y barrial. Desde “HAGAN CALLAR A LA PENDEJA!” de nuestro vecino más resuelto hasta el “TIENE EL DIABLO EN EL CUERPO LA CRIATURA!” de doña Yocutca, la celestial, los comentarios a viva voz cubrían toda una gama de puestas en valor de la llorona y su padre, y su madre, y su hermana, y la concha de su lora.
Don Frenttidorzo (papá de la pendeja-poseída) escuchaba con los ojos. Esos ojos siempre a punto de saltar hacia quién sabe dónde. Millones de venitas rojas. Mirada de hecho sangriento. Algo así como “yo sé lo que hiciste el verano pasado y mirá... estamos en invierno y no dije nada... hasta ahora…OJO!”. Mientras cada vecino desde su casa enviaba gritos misiles, don Frentidorzzo miraba por la ventana de su cocina hacia la nada misma. Esos ojos. Ojos cinemascope. No tenía párpados. O no los usaba. El veía cosas. Cosas que nadie más advertía. Cuando todos los demás parpadeábamos, el seguía allí, espectante. Abierto las 24 hs. Am/Pm.
“Má....”. “Qué hacés acá jorobando.... andate a dormir la siesta, mocosa...!”. “Pero, máaa... María está llorando...sentí...sentí cómo hace u..u.u-u-u-U-UAA....” “Bueno!! Ya, ya, ya, ya, ya! Con una avioneta pipper en el barrio es suficiente...”. “Ay, maá!!!... mirá si don Frenttidorzo la mató con los ojos....!”. Mamá sabía que los ojos asesinos de su vecino eran de cine de terror. Pero no de la vida real. Sin embargo, duda. Y ya está golpeándole la puerta. Las dudas de mamá tenían la velocidad de una certeza. “Don Frenttidorzo.... soy yo.. abra!”. Nada. “...la sra. Drooker....”. Menos. “...la mamá de Marta....”. Peor.
Nos abrió María. Don Frenttidorzo estaba en el baño opinando sobre el tema. Mamá entró como liberando rehenes. Mirada de águila. Postura Bruce Lee. Sacándole la bata con palmeras, los ruleros de acueducto, las ojotas margarita y quince kilos era Emma Peel.
No sé qué pasó después.
Con María nos fuimos a hacer tortas de barro en su jardín. En plena siesta. Nuestro nirvana. Un domingo sin aburrimiento. Un llanto sin lágrimas. Juntas, para siempre.
Las amigas del alma. Las impostoras.