“Ufa...!! che! Si es una vieja chota... ....!”. Fueron mis últimas palabras antes de entrar al ocaso de mi vida.. Cuando “vieja chota” se estrelló contra la paciencia de papá, su mirada encendida alumbró el camino hacia mi cuarto. La Penitenciaria hogareña. Mamá de viaje. Papá capataz. Con él había más perrogativas.
En Derecho Materno I, un “ufa” protestón y bufoso se penaba con el retiro del postre. Un “che” a quemarropa, retiro de postre y cena. Ahora, cometer un “vieja chota” era pasible de la máxima condena. Mi cuarto Marruecos. Y mi boca impactando en la mano de mamá. Mi boca. Colorada. Simil hemorroides. Hemorroides errantes saliendo por donde pueden. Menos mal que estaba de viaje. De lo contrario, mi frase me hubiera condenado al hambre, a la soledad y a una boca proctológica.
“Hija....! hija... (golpeando suavemente la puerta de Marruecos) podés salir... vamos a comer todos juntos... ya está... ya está, querida....es suficiente”. Papá libertario. Menos mal que se ganaba la vida como tendero en Argentina. Igual al de Lamira pero textil. Como gobernador de Texas hubiera sido un fiasco. Dele que te dele conmutando penas.
Una esposa nómade, una hija presa, otra en un sofá con novio incorporado y la pequeña con gases a granel. Una familia con escapes. Justo a él que hasta la leche prefería entera. . “Eso sí. Nunca... nunca más vuelvas a decir eso de doña Yocutca.” Papá condicional. “Y qué dijo pa...” preguntó la novia del sofá. “Nada que se pueda repetir”. “Dije que doña Yocutca es una vieja chota...”. Y bueno. Yo decía la verdad cuando había que callarse. Y mentía el resto. Y otra vez a fojas cero. Mi libertad condicional, humo. Y lo peor. Esa mirada. Su enojo de léctor óptico. Mi miedo de código de barras. Terminado el escaneo, balbuceé “..yyyo...y..y..yo lo repetí... pa....pa... porque sí se puede... eso... eso, digo .. eso de repetir lo de vieja chot...”.
Fin de la autopista. Adiós primavera de Praga. Perestroika breve. ICARO alitas de pollo. Y de vuelta al Gulag con placard.
Nunca quise demostrarle que se podía repetir un vieja chota. Demasiado naif. Sólo tenía curiosidad por saber si mamá tenía el copyright del perturbador efecto hemorroides. Mano en alto. Impacto seguro. Mayday! Mayday! Mayday!. Pero no. Jamás tuve mi Nagasaky. Papá por el desarme. Sí el amague en todo su esplendor. Es que el efecto hemorroides con él venía de adentro, del alma, de la pura impresión por lo que pudo ser. Y eso era peor que los megatones maternos. Lo peor que ocurría con papá era lo que no ocurría. Así lo descubrí. Por una vieja chota.