Ya consolidada, luego de tres meses, mi menstruación tomó estado público. Ese “de boca en boca” me dio una módica fama barrial. No había versiones oficiales, sólo trascendidos en cuanto a su volumen. Aunque mamá hacía declaraciones off the record en las reuniones familiares y en algunas tiendas emblemáticas del barrio. Es decir, en vez de un “de boca en boca” era un “de boca de mamá al vecindario entero”.
“Ah...! En cambio una de mis hijas, la que ya sabeee…. (movía su brazo señalándome como el cowboy del letrero de Las Vegas)…. le viene como a un colibrí... escúcheme Doña Yocuca... imagínese cuando tenga hijos... yo no sé esta chica a quién salió... no sé... a su abuela, quizás... porque lo que es a mí.....fíjese que en vez de tampón usa un cuadradito de papel higiénico doblado en cuatro...!!”. Sacando el Doña Yocuca, palabras más o menos, la versión era la misma. A mamá no le importaba que yo estuviera presente. Ella era muy desinhibida. Y yo tenía un problemita en los oídos por el que no escuchaba bien. En fin, no se iba a preocupar por un colibrí sordo que menstruaba. Sólo cuando abandoné el nido, recuperé mi menstruación humana y se me fue la otitis.
Si yo era un colibrí, mi hermana mayor era una ballena azul. Debe ser que esa situación me inhibía hormonalmente. Imaginé que mi hermana explotaría al parir su primer ballenato.
Jamás sucedió. Tuvo hijos de colibrí. Mamá desinhibida, sí. Pero equivocada.
En aquella confundida época de hormonas unisex, donde eyacular era lo mismo que menstruar, estaba bien visto entre mis compañeras de colegio que usaras tampón. Daba pedigrí.Igual a aquello de “quién la tiene más grande”. Pero para adentro.
Una vez al mes les mostraba cajas y cajas vacías de tampones que utilizaba una menstruación ajena. Una vez al mes, el colibrí era Moby Dick.