“Amaneci otra vez entre tus brazos y desperté llorando de alegría…”
la voz de Adelia traspasaba el patio y se metía por la ventana entre la tostada y la manteca. Aroma café con leche. Sabor tequila. Su voz de Chavela Vargas sometia todo a su alquimia. Si bien abuela tenía una vida despechugada como Chavela, la que tenía su voz y su figura era Adelia. Llegué a pensar que Adelia desayunaba con vino tinto. Siempre hablaba con lengua bola, arrastrando cada palabra como camión scannia. Su voz en las rocas era un aperitivo que mi infancia se bebió debajo de una parra vencida por el peso de sus uvas. Y de mí. Y todo se vino abajo. Parra. Uvas. Niña. Llamada a mamá. Niña sangrando. Pellejitos de uva por doquier. En la emergencia, mamá refucilo. Arrebatándome mi chavela particular.
“Adelia, , aprovecho que no está mamá y ya que la nena está bien charlamos un ratito, si?”
Ni parra caída. Ni uvas estrelladas. Ni rodillas de niña listas para radiografía. Nada era más importante que charlar con Adelia _Chavela. Abuela se había ido al sur de Argentina a una paradisíaca experiencia de vida comunitaria en El Bolsón. Cuando nos expulsaban de las sobre mesas, se hablaba de una artesana que parece que la envolvió en su túnica hindú. Sahumerios. Velas aromáticas. Runas. Abuela se fue detrás de un calendario maya. Justo ella que era tan gregoriana. Al poco tiempo volvió y recuperó el meridiano de greenwich.
Si Adelia era Chavela Vargas, mamá no. Peinado de peluquería. Cascarita. Impecable
Voz estereofónica. Ecualizada. Cuando se enojaba sonaba como una locutora de Radio Nacional con un cólico hepático. Además, sólo cantaba ópera. La Tosca de Puccini, su preferida.
No lo entendí. Desde el jardín, juntando pellejos de uva muerta para alguna de mis historias, la escuché. “Te despertaste tu casi dormida…Y me querías decir no sé qué cosa … Pero callé tu boca con mis besos…”
Que mamá y la novia de su madre estuviesen juntas emborrachándose no me preocupaba. Que la borracha fuera mamá, tampoco. Que su pena oliera a licor de café menos que menos. Era otra cosa.
La gran Tosca… María Callas… mamá… cantando con voz reventada como las uvas, como Chavela, ese tema desgarrador mexicano. La prima donna e morto, pensé en italiano. Y me asusté en español. No sé de qué hablaron Adelia y mamá. “A tu mami le duele un poco la cabeza, sabés? Vamos a darle unos cafecitos y luego las acompaño a tu casa, hijita”
La incondicionalidad de Adelia conmovió toda mi infancia. Cuando llegamos a casa los restos de la prima donna se desparramaron sobre la cama. Mientras Adelia los juntaba, yo activé las alarmas. Mis hermanas comenzaron a sobrevolar la zona.
Tomé posición de tiro entre ellas y el aliento de mamá. Y les disparé con munición gruesa. “Hace un ratito... se murió....maría callas … la prima donna e morto” Mis hermanas sabían lo que la soprano significaba para mamá y la dejaron descansar. Además ninguna niña con las rodillas rotas miente en italiano.