Era alto. Altísimo. Le decían “Machu Pichu”. Todas estábamos enamoradas de él. Mi madre y mis hermanas. Yo porque era lo más cerca que iba a estar de la civilización inca, a la que admiraba y admiro. Mi madre porque perdía la chaveta por todo lo que estuviese sobre el nivel del mar y que además jugara al básquet. Mi hermana menor porque encallecio los hombros del monolito paseando por el barrio como la reina del Nilo. Y la novia porque era un novio, una subcategoria humana muy buscada para no ir sola al baile.
Finalmente sucedió lo predecible. Las piernas de Machu Pichu se quebraron como dos cañas de bambú en manos de un Panda. Y esas piernas que exhibía orgulloso en cada partido de básquet se arruinaron. Las ruinas de Machu Pichu. No sé a las otras pero a estas las visitó todo el barrio, varios equipos completos de básquet y buena parte del alumnado del colegio de monjas al que asistíamos.
Pichu, a secas. Con los años y un incipiente perfil de gran semental le fue agregado Macho. De ahí a Machu –Pichu, un segundo. La obviedad es así, rápida como un chita. Cuando supe que no era en homenaje al mundo inca, sino al machismo argentino, su apodo comenzó a hacer metástasis en mi cerebro. No es que yo fuera una feminista temprana. Mi abuela era una tardía. Y en cada parpadeo de mamá, me inculcó el rechazo al machismo.
Fue tal el dolor por elaborar el duelo del imperio inca perdido que esa tarde fue la única vez que olvidé desatar la soga con la que saltabamos con mis amiguitas.
No. M.P. no se lo llevó por delante. Machu se tentó he hizo unas cabriolas con el elástico. Y sucedió lo del Panda y el bambú. Y chau Pichu. Sus fémures estallaron contra el piso y mi versión contra el rostro de mamá.
Cuando la última vocal se deslizó por su rostro, recolectó como si estuviera en una plantacion de algodon -doblada por la cintura y con un canasto-todas las sogas de la casa -hasta la que poniamos a secar la ropa- y prendió fuego a las saltarinas armas homicidas. Lo que había sido un olvido, se convirtió para la pirómana en un plan de exterminio inca salido de mi mente en problemas. Me pareció brillante.
Mamá sólo no fue mitómana –de las buenas- porque empleó todo su tiempo para evitar que yo lo fuera.
Y de ese renunciamiento me he sentido y me siento responsable.