“Pero, oficial, no le haga caso... está enferma!... vive inventando cosas... sáquemela del calabozo... hágame el favor.. ELLA ES ASÍ... EXTRAÑA”. Y con estas sencillas palabras, mamá me privó de mi primer episodio carcelario. Empezaba a andar en mi “expreso de medianoche” y me lo descarriló.
Aquel calabozo de seccional policial de barrio familiero y trabajador transpiraba, sin embargo, la humedad de una cárcel turca. Al menos para mí.
Mamá siempre hablaba como comisaria. Cuando volvíamos de una fiesta adolescente, no le contábamos las últimas novedades, sólo nos tomaba declaración. En este caso, la escenografía la acompañaba. Y los policías. Todos. Un público obediente. Contra mi voluntad, me liberaron. Nunca les guardé rencor. Sabía perfectamente lo que la voz maternal provocaba en el auditorio. Yo era el público de todas sus funciones. Cultivaba todos los géneros. Suspenso. Risas. Intriga. Acción. Terror.
Se provocó un cierto alboroto ya que mis hermanas pensaron que yo había matado a mamá (siempre era así para mí. Hasta el asesinato, sin escalas). Y en la puerta de la seccional, en función matiné, representaron para todos los vecinos la opereta “Las hermanas de la asesina”. Entre llantos y declaraciones a la revista barrial, apareció mamá y su asesina y la función terminó. La trouppe se retiró a descansar.
Si no hubiéramos estado tan ahogados en el parentezco, podríamos haber desarrollado un microemprendimiento teatral de envergadura. Lo digo sin ironía.
Papá, preocupado, estaba esperándonos en la puerta. Al ver llegar a ese “Cirque du Soleil” luego de cruzar la falla de San Andrés en pleno desplazamiento, dijo: “Hola”. Desapareció detrás de la puerta. La vida de circo no era para él.
Tanta adrenalina, tanta endorfina, tanto lobby de sustancias en el organismo. Tantas funciones en un solo día. Tanto por tan poco.
“Mamá.. yo de verdad le dije “cana hijo de puta” al comisario porque él...”
No me creyó. Ese día, posterior a mi cumpleaños 18, la verdad y la mentira, se dieron un beso en la boca. En la mía.