Los perros no mienten. O quizás sea un hecho incomprobable. Salvo con Narciso. Fue mi perro desde los 3 hasta los 17 años. Cuando murió, el tenía 14 años y toda una vida aún por andar. Conmigo. Me dejó en una de las soledades más puras. Y así, sin diluir, la soledad se me subió a la cabeza. Le hice una tumba que Kefren hubiera deseado para sí. Ocupé la mitad del predio que la familia usaba para retozar. A cierta distancia de mi dolor, miraban el surgimiento de esa hija topo que hacía un pozo tras otro, sin consuelo... y sin ayuda. Quizás porque ellos estaban ocupados cavando su propia fosa. Demás está decir que cuando nos mudamos de casa, exhumé los restos de Narciso, los cremé y esparcí sus cenizas por las sierras de Córdoba.
Cuando llegó a casa, solo (como yo) nadie lo quiso a ese cachorro feo y engreído. Ante cada vidrio, cada espejo, cada charco de agua, cada gota de reflejo con su rostro, se quedaba inmóvil. Fascinado con su imagen. O con algo que él veía y nosotros, insulares, no advertíamos. De allí su nombre. Narciso. Nos vimos y jamás pudimos despegar nuestra mirada del otro. El mundo se desvaneció para estos dos amigos. Y juntos inventamos otro. Un mundo especular. Juntos, literalmente.
Nuestras historias son infinitas. Tenía seis años y una consigna maternal atravesándome el pecho: “Vas al almacén. Comprás medio kilo de pan y mermelada de durazno... y te venís rapidito...” Me mandaba a mí porque Narciso jamás quiso acompañar a mis hermanas. Al llegar a la despensa, una lluvia multicolor de huevos de chocolate me (nos) inundó el gusto y el olfato. A Narciso le gustaban blancos y a mi negros.
“Y????.. el pan..... y la mermelada.... y porqué tenés barro en el vestido, hija....¿el perro está rengueando???? Pero, por dios, qué pasó... decime que pasó?????????!!!!!!!!!”. En fin. Un empujón. Los chicos del barrio. La pequeña niña caída. Narciso intercediendo y recibiendo patadas. Todos huyendo. Incluso el pan y la mermelada.
Mamá esta vez compró. Los perros no mienten. Salvó el inigualable, inolvidable Narciso. Nadie como él para renguear en situaciones límite. A veces me impresionaba su costado mitómano. Pero cómo podría asustarse la muerta del degollado! Toda mi vida busqué en cada socio, en cada amigo, en cada amor, un 10% de aquel degollado. Aún lo busco.