“...tu querida presencia... comandante Che Guevara....” Se las enseñé a todas mis compañeras de colegio. La canción, en los primeros años de la década del 70, era en Argentina, una declaración de principios. Y en la adolescencia, una se sentía en plena guerra de guerrillas, sólo por cantarla. Me miraban entre intrigadas y aterradas. La sobrina del Che bien podría estar armada para continuar la lucha de su célebre tío. Llegué a despedirme con un “Hasta la victoria, siempre”. Lo llamativo es que me contestaban igual. Las tenía en un puño. Mi familia y yo entrábamos y salíamos de Cuba como si nada. Papá no se radicó en la isla, simplemente porque era un pequeño empresario textil falto de agallas. Y a mamá la revolución no le parecía el estado adecuado para llevar a mi abuela, que admiraba a Batista.
Tenía un handicap alto. Hasta que a un adulto no le cerró la historia. Y todos se enloquecieron. Una lástima. Con todo lo que había leído sobre la lucha guevarista y la génesis de la revolución con Castro y otros. Mis compañeras aprendieron más sobre Cuba en esa época que en toda su vida. Era común escuchar en los recreos las voces de mis acólitas reclamando no uno sino dos, tres Vietnam. O cuando hartas de la disciplina escolar gritábamos como si estuviéramos solas “Me cago en la Alianza para el Progreso”. Y todavía nos faltaban innumerables consignas más. La operación fue abortada.
Una pena. Por un detalle menor. Ser la sobrina del Che. No ser la sobrina del Che. La verdad dentro de la mentira. La mentira dentro de la verdad.
Ser o no ser. ¿Esa es la cuestión?
-en la foto, el Che intentaba convencer a papá para que se radique en la isla.-