Si no hubo un romance entre ellos, al menos debe haber existido una pulsión muy, muy fuerte que, al ser reprimida, los enloqueció. Al menos, a ella. Me consta.
Entre mamá y “El hombre de la bolsa” algo pasaba. Cada vez que mi niñez se desbordaba de creatividad, mamá la encausaba hacia la amenazante presencia de un hombre de la bolsa que, precisamente, me llevaría en su bolsa a un destino incierto. Hice todo lo posible por conocerlo. La adrenalina infantil me drograba como la merca. Imaginaba los viajes dentro de esa bolsa. Sí, la bolsa era mi salvoconducto para viajar sin pasaje por todo el mundo.
Jamás apareció. Todo los días se lo nombraba. Mamá jamás dejó de hacerlo. Siempre tuvo la esperanza de que él vendría y la sacaría de esa vida. Al menos, la sacaría a su hija de su vida. Nunca sucedió.
Luego de unos años, se debe haber cansado. De que Boogeyman no viniera. O de mí. Y no se lo volvió a nombrar. Cuando yo me desbordaba, mamá comenzó a actuar por su cuenta.
Una amiga me dijo que ese hombre no existía. Guau!! Mamá mentirosa!! Si supiera cuánto, cuánto la amé a partir de ese día.