Cuando me instalo en otro plano, en el cual desaparecen periódicos, noticieros, impuestos, deudas, obligaciones sociales, autos 0 km, sorteos, conversaciones vacías, la seriedad, el aburrimiento, la rutina, el tedio, en fin, la vida que tan pobremente hemos acordado como real y que cada vez nos contiene menos; cuando puedo ser abducida a un lugar en el que logro volar, me doy cuenta de que entre la verdad y la mentira no sólo no existen diferencias. Tampoco existen. Deambulo en un puro disfrute, en el que la conciencia se me expande, en donde no hay vidas ni muertes sino un constante pasar de un umbral a otro. Una exquisita eternidad.
Cuando vuelvo a “El Día de la Marmota”, la película que me hizo recordar el entrañable juan solo, digo, cuando vuelvo a mi día de la marmota, intento que la mente no caiga en la trampa, que haga las tontas destrezas diarias de siempre, que no se olvide que son tontas destrezas y que luego brinque al otro lado y se olvide de ellas.
La mitomanía me ha permitido y me permite darle algunas hectáreas a mi alma para que carretee y luego a toda velocidad pueda despegar hacia infinitos territorios de infinitos mundos, de infinitas galaxias. ¿Por qué habría de perdérmelo?