Había una vez una época sin Internet, sin MP3, sin home theatre, sin pantallas de plasma. Bueno, sin siquiera un televisor. Mi infancia comenzó a ser catódica a los siete años.
Evidentemente, en aquellos tiempos, los niños desarrollaban una madurez acelerada ante un mundo tan lleno de carencias. Es por ello que hasta los seis vi películas como “Bocaccio 70”, "Muriel", “La Sombra del Gato”, “Cumbres Borrascosas”, “Roma, citta aperta”, es decir algo de nouvelle vague con un poco de neorrealismo italiano y algo de cine americano clase B. En dónde dejar a niñas pequeñas cuando aún no se habían inventado las niñeras. Y es evidente, también, que mamá y papá estaban dispuestos a cualquier cosa por sus hijas. Es así que mis monstruos eran de película. Imaginaba que cuando se apagaba la luz aparecería el bocaccio 70 a comernos a todos, o la sombra del gato (mis monstruos eran construcciones gramaticales completas, películas enteras, títulos que se me aparecían en sueños y en noches de tormenta y tormento. A los cuatro años, realmente, temía por mi familia. Por las noches , en plena tormenta de relámpagos, mientras hasta mi padre (lo ví, lo juro) se tapaba con las sábanas, tembloroso, yo, en total oscuridad, me levantaba, cerraba una a una las múltiples puertas y ventanas de la vieja, enorme y amedrentadora casa familiar. Jamás entraría “Roma, citta aperta” mientras yo estuviese viva.
A la mañana siguiente, relataba mi vigilancia nocturna y describía el perfil de cada monstruo. Sé que nunca me creyeron. Claro, yo no me parecía a Ana Magnani.