Antes de que mamá comenzara, decidida, a pujar, yo estaba haciendo todo lo posible por hacerle difícil, casi imposible, dar a luz. ¿Dar a luz?. No recuerdo haber estado en las sombras . Al contrario, vine hacia ella. Un equipo médico y mamá, tenaces lo hicieron.
Me escamotearon mi suicidio pre-natal. Salí con el cordón umbilical dándome varias vueltas por el cuello. Asfixiada, ahogada. En fin, sin ganas de salir a espacios tan amplios y abiertamente hostiles. Me arrojaron sobre una camilla. Estaba morada, no lloraba. El médico me golpeó varias veces. Nada. Muerta al llegar. Volvieron a arrojarme sobre la camilla. Entre la falta de oxígeno y los golpes, debo haber decidido parar el tormento y pegar un grito. “Callate, Marta Susana” dijo el médico emocionado y, de paso, marcarme a fuego como una vaca. “Junto con el nombre, recibirás un destino”, decía Leopoldo Marechal. No sé quién habrá sido la Marta Susana que le salió como un obstétrico grito Ban Zai, pero teniendo en cuenta la rumbosa vida que he tenido y tengo , buena pécora debe haber sido, diría mi abuela. Mamá estaba convencida que le debía a ese médico los honorarios y la vida de su hija. Y bien. Me llamo Marta Susana. Odio los espacios abiertos. A los médicos en general. A los médicos “salvadores” en particular. Nunca me adapté al mundo que me propusieron mis padres. He buscado la mayor parte de mi vida un cordón umbilical para terminar mi faena. Las veces en que lo he hallado no dudé un segundo en cortarlo.Vivo en esa paradoja. La mayoría de la gente me aburre. Casi todas las conversaciones me asfixian.
Sin embargo me gusta este estar aquí. Y a la vez me encanta estar en otro plano. Toda mi vida he navegado en ambos mares. Y sobreviví. No me ahogué. A pesar de todos los diagnósticos. Vivo para contarlo. Para contárselos.