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La Coctelera

Categoría: El Folletin

2 Julio 2007

Querida hija:

aquí llueve torrencialmente y vos sabés lo que me cuesta escribir cuando cae agua. No puedo concentrarme. Se me parte la cabeza. Pero soy tu madre y lo mismo te escribo. Más allá del dolor.


El clima está espantoso. En el Club ha aumentado la morosidad de los socios. De seguir esta situación, no podrán pagar la luz. Será un club a oscuras. Un nigth club pero sin música. Adónde iremos a parar!

Tu padre no me dirige la palabra. Se operó de las adenoides. Le quedó una voz extraña. Y prefiere no dirigirme la palabra. Yo también. Me altera. Es como hablar con una flauta traversa. Me mira como si yo tuviera la culpa de lo que pasa en su garganta. En esta casa nadie se hace cargo de nada. Nadie!

Tu hermana mayor se compró un tampón con aplicador y se lo puso al revés. Y me miraba como si yo tuviera respuesta para todo. Y no. No es así. Qué se yo de tampones?!? Fuimos a la sala de Urgencias de la clínica del barrio y todo volvió a estar en su lugar. Menos mi vida.

Al llegar a casa, tu hermana menor se había tomado el licor de chocolate. Todo. La botella entera. Estaba inconciente, en el piso del comedor. Tu padre estaba viendo el Gran Premio de Mónaco y vos sabés que cuando hay carrera ni la muerte de una hija lo despega del televisor.
Don Frenttidorzo nos acercó en su moto con sidecar. Ya soy muy conocida en la sala de urgencias. Hay gente, incluso, que cree que soy médica. El otro día, sin ir más lejos, me tocaron el timbre a las doce de la noche: “Dra. Drooker, mi mamá se muere... tiene hemorroides sangrantes”. Así que desperté a tu padre y llevamos a la pobre mujer y sus intestinos a la sala de emergencias.

Bueno, hija, como verás, no hay nada nuevo para contarte. Quedate tranquila y disfrutá de las playas de Brasil, vos que podés. Aquí vino una ola de frío polar como hace años no venía. El invierno nos ha alterado a todos. Tu padre invirtió una buena suma en un acondicionador de aire creyendo que era frío-calor. Y no. Es frío solo. Lo puede cambiar pero el otro equipo nos llega dentro de mes y medio. Es decir, en la primavera. Ahora te estoy escribiendo con los guantes puestos y tus hermanas están viendo Kung Fu con bufanda y abrazadas como si se quisieran.

Qué loco este mundo, dios mío! Vos con tu abuela en la playa de Ipanema y nosotros juntando valor para darnos una ducha sin morir congelados!

Pero, en fin, a disfrutar, hija, a disfrutar! Acá está todo bien. Hasta te perdono que me hayas mentido tanto en toda tu vida y que todas las esperanzas puestas en tu futuro ya no existan. Soy tu madre y te quiero así, sin futuro pero viva! Al final, la lejanía terminó acercándonos, viste?

P.D.
No te olvidés de traerles Garotos a los mellicitos Suarez, los de la otra cuadra, esos que vos cuidas a veces. Sabías que se quedaron huérfanos? Ahora están a cargo de un juez de menores. Fue una masacre. Un crimen pasional. Cuando vuelvas te cuento. No voy a amargarte ahora con los detalles del homicidio. Aparte, hay secreto de sumario.

Te quiere a pesar de tu forma de ser
Tu madre


(Me había ganado en una rifa del club de nuestro barrio un viaje a Brasil para dos personas con todo incluído y por un mes. Me acompañó mi abuela. Traje de allí caracoles, remeras Hering, chocolates, libros, objetos de hotel y, sobre todo, esta carta. Hace poco, la encontré dentro de un libro, atacada por los ácaros. O viceversa.)


11 Mayo 2007


Estábamos envejeciendo. Ya hablábamos de canapés con atún y salsa golf.
Ni perros calientes ni mostaza.
Salsa golf.
El aderezo de la vejez.
Nadie con menos de veinte años la invoca.
Y lo que es peor: estábamos perdiendo cuadros. Y lo que es la madre de todos los peores. Nuestra primera baja era María.
Qué nos pasó? Así, tan de repente. De golpe y porrazo. De zopetón.
María se casaba.
Con qué necesidad? Lo tenía todo. Amigos. Padre. Tíos. Ojos galácticos. Afecto del barrio. Respeto de sus profesores. Paciencia del almacenero. Tetas con rayita. Los quinotos al rhum que preparaba la negra Gorrochategui. La admiración del equipo de básquet. Cuenta corriente a sesenta días en la tienda de doña Yocutca. Botas de cuero negro hasta las rodillas. A mí. Me tenía a mí de las pestañas. O de donde ella quisiera. Entera. O cortada en porciones.
“Che, Marti,… me caso… me caso antes de fin de año…”.
Qué feo, Mary!. Hacerme eso en plena primavera, con las hormonas sin oblea de seguridad.
“Vos y la negra me tienen que ayudar a elegir el menú.”
Puaj. Menú de casamiento. Pollo frío, transpirado, con cuero lleno de poros abiertos. Bocaditos pegajosos, plastificados, de todos los colores. Y canapés. Los de cuerpecito hueco y con sabor a kerosene, repletos de esa cosa rosa, agazapada, olorosa y grasienta. Ella, la peor de todas. La salsa de la tercera edad. La golf.
“Mirá qué rico… canapés con salsa golf… mmm...che, los pongo?”
Too much, Mary. Siempre temí la llegada de ese momento. Y llegó. Con tango y todo.
Qué grande ha sido nuestro amor y sin embargo, ay!, mirá lo que quedó. La salsa. La golf. La mayonesa avergonzada.
“Ay… y de postre, almendrado…te parece bien?”
Traidora. Con lo bueno que le salen los quinotos al rhum a la negrita.
Yo te digo una sola cosa, María, ahora que ya hace rato que la salsa golf entra y sale de mi heladera como pancho por su casa y que ya no le temo: casarte a los dieciocho años nos aceleró la vejez. Y aunque perdí a una amiga, debo reconocer que gané un aderezo. De todos modos, la vida deja mucho que desear con aquello de que así como te quita, te da. A mí me dio un frasco Hellmans. Pijotera.
“Marti… quiero que vos y la negra sean mis madrinas”.
Retiro lo dicho. Fuera, frasco asqueroso. Hola, diosa. No había una amiga de menos. Sólo un marido de más. La negra, en plena etapa “soy lo que soy”, hubiese sido un hermoso padrino moreno pero estaba don Frenttidorzo. Y yo, para ponerme un vestido y peinarme como una terrícola necesitaba de una estimulación materna: “O te vestís como una persona o te rompo el alma a patadas”. Pobre almita. Muerte fea.
Y así fue cómo María se casó, comimos canapés con salsa “ocaso de la vida” y, sobre todo, y porque nuestra amiga nos dio el visto bueno, fuimos dos madrinas en jeans y remeras. Eso sí, peinadas en la peluquería del barrio “Chula Quesada, el arte a la cabeza” (sic). Fue una negociación con las madres. Batido duro, tipo cascarita, spray en dosis letales. La negra parecía James Brown. Yo, Rita Pavone. Chula tenía la tendencia a convertir tu cabeza en algo ajeno a tu cuerpo.
Y así, con una sensación bipolar, entramos la negra, James, Rita y yo a la iglesia. I feel good.

17 Abril 2007

Yo no supe de su existencia hasta los siete años. La carcajada. Pero una de verdad, con vista panorámica a los adenoides.

“Martita viene conmigo... No, no, no …la chiquita, no porque se hace pis encima todo el tiempo y la mayor menos porque hay que atarla para que no se suba arriba de cuanto chico ve”.

Entre intentos de cópula y esfínteres abiertos las 24 hs., abuela se quedó con la insoportable levedad de la ostra: yo.

Nos fuimos a El Bolsón, un paraíso al sur de Argentina, en plena patagonia. En los setenta, reducto de hippies, vida en comunidad y amigas de mi abuela. La meca del poder de la flor.

Todos eran seguidores de Lanza del Vasto. Mi abuela, de una mexicana de pelo azul de tan negro y ojos planetas de tan grandes.

“Mary Solís, te presento a mi nieta”. Cuando alguien le batía la sangre, abuela te la presentaba con nombre y apellido. A esas alturas, ya su sangre era crema chantilly. Fueron por frutillas para completar el postre y yo me quedé en una especie de guardería de la era de acuario. Con niños vestidos como Los Picapiedras y un maestro con cara de dar la otra mejilla que nos enseñaba a cultivar la tierra. Profundamente conmovida, descubrí que la agricultura era algo más que la germinación del poroto en el vaso. Allí no se comía carne y en vez de Juan, el lechero, la leche nos la daba Aurelia, la vaca.

Terminábamos la jornada cantando (siempre cantábamos, a la mañana, al comer, al cultivar, al jugar, al caminar, al bañarnos, al cantar -porque cantábamos sobre nuestro propio canto y el ajeno). Y el tema recurrente era “Mañana Campestre” de Gustavo Santaolalla y su grupo Arco Iris. Sí, ese Gustavo, el que ganó dos Oscar seguidos porque en Estados Unidos jamás escucharon “Mañana Campestre”.

Una mujer parecida a Joan Baez me esperaba en la puerta de la cabaña.

“Martita, sos la nieta de Elena, verdad?”

“Pse”.

“Bueno, mientras ella regresa del bosque quedate con nosotros”.

Y me quedé con “nosotros” que éramos todos, la comunidad entera, chicos, adultos, vacas. Justo yo, ese puro yo mío que le escapaba a un ”tú” y ni hablar de un “nosotros”.

Cenamos calabaza con arroz y de postre cantamos “I shot the sheriff” de Bob Marley.

Se ve que escaseaban las frutillas en el bosque porque abuela y Mary Solís no aparecían.

Yo estaba sin tele hacía cuatro días, sin chocolates, sin María y la negra, sin Narciso y sin mentirle a mamá. Pero, sobre todo, sin soledad.

La abstinencia comenzó a mostrar su síndrome.

Mientras todos afuera danzaban bajo la luz de la luna, fui a buscar algún resto de hidratos de carbono antes de colapsar. Lo habían dejado humeante sobre la chimenea. Y le di un par de pitadas.

No sólo le dancé a la hermana luna sino que llevada por un espíritu franciscano de asís, me zarandeé frente a las hermanas montañas, a los hermanos árboles, a la hermana vaca Aurelia, a las hermanas calabazas, al hermano arroz, al hermano “nosotros”. Todo acompañado por una carcajada imparable, abarcadora, ominosa. Una carcajada llena de hidratos de carbono y Marías y negras y televisores y mentiras girando a mi alrededor.

Cuando desperté, estaba con mi abuela en un tren rumbo a casa.

Nunca más visité El Bolsón. Pero no fue la última vez que me reí a carcajadas.

9 Abril 2007

“iiiii....snif....iiiiiii”. Llanto de mi hermana menor. La antesala de un llanto. Una prepizza de lágrima.

“Shshshshsh!!!!... que empieza La Caldera del Diablo”. “iiiiiii...snif...snif.... iiiiiii”.

“Callate, che... por qué llorás con la i... no vés que no parece llanto, tarada!... llorá bien, che!”.

Detrás de mi armadura manchega, yo estaba conmovida. Cuando un niño llora con la “i” no es capricho ni dolor. Es angustia, tristeza, melancolía.

Sé muy bien de lo que hablo. Una vez, convencida de que las hormigas se estaban comiendo la madera del gallinero, mi motor home, las exterminé con un poderoso hormiguicida. De pronto, millones de cadáveres junto a su pequeño cargamento de madera sin destino yacían por el piso. Luego supe que aquello eran larvas. Y que las hormigas se estaban mudando con la cría. El gallinero estaba en su ruta. Me sentí Idi Amin. Y entré al sufriente Club de la "i".

El llanto de la "i" . Agonía. Lamento. Letanía. Con todo el dolor de mi alma, dejé a Constance Mackenzie perdida en Peyton Place. Y apagué la tele, lo que era lo mismo que una muerte súbita.

“A ver... vení... qué te pasa”.

“iiiiiii...snif.... snif...".

“Bueno, callate y contame.... ufff”.

Quééééééé?!?!?!?!. Para mí fue suficiente con la primera oración. Como eyectada al espacio exterior, salí a la calle y encontré en mi órbita a mi hermana mayor y el satélite de su novio. Y le conté lo que había detrás del llanto con “i”. Y de pronto éramos dos contra todo y dispuestas a todo. “Habrá que matarlo”, dijo con la boca. “Sangre”, dije con lo ojos. Como ya estaba todo dicho, el novio se fue espantado.

Nunca supe cómo lo hizo, cómo lo encontró primero que nosotras. El caso es que mamá tenía del cuello al exhibicionista, contra la pared de la despensa de la vieja Medina, el mismo tipo que, minutos antes, se había bajado los pantalones delante de una niña de cuatro años. Su hija menor. Lo familiarmente correcto era tranquilizar a mamá. Pero no teníamos vocación para lo correcto. Y mientras mamá lo estrangulaba, nosotras cultivábamos el arte del golpe bajo. Oh, dulce descontrol de la ira!.

Y aparecieron refuerzos. La vieja Medina junto a su bravo perro pekinés lo atacaron por la retaguardia. Cuatro valkirias y un mastín. Desde ese día, dejamos en paz a los bichos canasto de sus rosales. Y, si bien, su tienda estaba lejos de nuestra casa, el papel higiénico y la lavandina se los comprábamos a ella.

Y sucedió lo que tenía que suceder. Llegó la policía y puso las cosas en su lugar. El tipo, al hospital y mamá con la vieja Medina, a la comisaría. Thelma y Louise, sin precipicio. Nosotras, menores de edad, en casa con papá y el pekinés heroico.

“Y ni se les ocurra soltarme porque a ese tipo lo mato.... LO MATO!!”.

“Sra. Drooker, cálmese, ustedes no están detenidas, digame sólo como sucedieron los hechos”.

“El hecho es que lo estaba por estrangular cuando llegaron ustedes...ESO PASÓ...ESO....SI LO VEO LO CORTO EN MIL PEDAZOS así que póngame en el calabozo porque ese infeliz no llega a ver el sol”.

El hijo de la vieja Medina era abogado y puso en orden tanta pasión.

Aunque la que volvió no era mamá. Brunilda fue recibida por nosotras que, a esas alturas, nos sentíamos las hijas de Odín.

El único referente de parentesco, papá. Siempre lejos del desenfreno escandinavo y de Sigfrido.En otra época, estas acciones hubieran merecido una ópera. Nosotras nos merecimos la cárcel.

De todos modos, mi hermana menor dejó de llorar. Una valkiria no llora. Y menos con la "i".

19 Marzo 2007

Domingo por la mañana. Casa familiar.

“Quien fue el raro bicho quetehadicho che pebete... quepasueltiempo del firulete...”. Cuando barría el patio, mamá manejaba la escoba como un micrófono. Ni falta que le hacía. Un susurro suyo hacía temblar las copas de la vitrina. Nació con amplificadores incorporados. Inconsciente o no de ello, cantaba a todo pulmón a partir de las ocho de la mañana. Desde el tango “El firulete” hasta la ópera “La Tosca” de Puccini, pasando por una variada lista de boleros y canciones patrias. La marcha de San Lorenzo, su preferida. Es por eso que los domingos, en casa, se madrugaba. Febo asoma ya sus rayos.

Para matar el tiempo y los tímpanos, mi hermana mayor giraba en el sentido del tocadiscos con “Enciende mi fuego, nena”. Papá intentaba olvidar su presente, lejos de Jim Morrison y detrás del diario de la mañana y mi hermana menor corría a la tortuga dándole un patio de ventaja. Yo iba por la enésima fórmula para suicidarme sin dolor.

Sonó el timbre y la soprano entonó. “A veeeer.... alguien que abra la pueeeeeerta...”. “Ya escucharon a su madre, chinitas!”. Estaba claro que papá era algo que no se identificaba con “alguien”. “Yo ya fui ayer…”, dijo mi hermana mayor y teniendo en cuenta que la menor estaba en el segundo patio con la tortuga y que, además, mi fórmula había fallado, fui yo.

“Sra. Gorrochategui cómo le v....”. Quedé hablando con la magnífica puerta de pinotea de la entrada. Ya estaba abrazada a mamá llorando. La mamá de la negra. En casa. Llorando. Abrazada. A mamá. Una suma de hechos improbables de pronto estaban sucediendo. Todos juntos. Frente a mis ojos. Y desaparecieron los hechos y las madres en el lavadero.

Como perseguida en la playa de Sumatra por el tsunami, me fui a la casa de la negra, mientras se desarrollaba la junta materna.

“Negri.... negrita.... (tirándole piedras a la ventana de su cuarto)… tu vieja está en casa... negri...” Mientras tiraba la cuarta piedra, la negra ya estaba al lado mío, con sus ojos y toda su cara sintonizada en la debacle. “Quéeee... uy... le fue a contar a tu vieja.... y… sí…se lo dije, che.... se lo dije anoche... y bué... ya está....ya está…”.

“Negra, vení...vení…. Vamos a la casa de María a esconderte en el sótano...ese que está lleno de salames… comida no te va a faltar…. Vamos, te van a internar, seguro, te van a hacer electroshock, para que te olvidés de las mujeres.... vamos, apurate... vamos…”.

”No, Marti, no, no....me quedó acá... la espero... no me pienso esconder más… que me electrocuten, si quieren!!”.

Eva Perón. Rosa Luxemburgo.Las dosjuntas no hacían una negra.

Hasta el solfeo me sonaba mal. Una blanca no vale dos negras. Una negra vale dos blancas. Esta negra, la nuestra. La Juana Azurduy, flor del Alto Perú. Hasta la victoria, siempre.

Y volví al otro campo de batalla. Las agallas de mi amiga me robustecieron de manera increíble. Como Hulk. Casi tiré abajo la puerta de pinotea. Con la negra no se metan, guachas! Yo les voy a ense.....

“A ver, che, dónde te habías metido vos! Cosa seria, caramba! Vení…. Pero vení, te digo, que no te voy a hacer nada….!. Mirá... eeeh...esteeee... la mamá de la negra anduvo por acá y vos... vos viste cómo estaba. Te imaginarás para que vino… bueno, yo lo único que te digo es que está bien, hija, es duro, pero está bien. Digo, lo que hizo la negra…eso… de decirle que… que le gustan las chicas…hay que atreverse, che!... y vos… digo… vos… tenés algo que decirme… y que me va a romper el corazón pero bué… yo te entiendo… en fin… tenés algo atravesado en la garganta… y que te hace infeliz…y crees que yo te voy a matar si me lo decís…?”

“No, má”.

No era el momento de despejar mi garganta sino de llenar mi corazón.

Sí. En casa los domingos se madrugaba. Y desde aquel domingo yo madrugué con ganas. Y hasta le alcancé el micrófono.

13 Marzo 2007

Vivir al noreste fue siempre peligroso. Ya me lo decía el I Ching. “Evite los amigos del noreste. Acerquete a los del sudoeste”. Pero por entonces, el mundo chino y los puntos cardinales no eran mi fuerte.

El noreste de mi barrio era una zona sin felicidad. Las muertes por accidente automovilístico ocurrían allí. Los adolescentes tenían más acné y menos sueños. Había más jugadores compulsivos y un mayor índice de nacimientos prematuros. Las portulacas no florecían lo suficiente y no había ni una sola abeja. El almacén era más caro que el sureño. Y el dulce de leche era tan líquido que no se podía comer con el dedo. Allí estaba el colegio. El cine, en cambio, en el sur. La tienda de doña Yocutca crecía , norteña, a más no poder y toda su familia atendía a cuatro manos. La de la vieja Medina, en el árido norte, parecía una tienda fantasma, salvo por los bichos canasto que le colgaban a sus rosales, no había un ser vivo alrededor.

“Mirá la pelotuda, má, lo que dice…jajaja… que en el norest…jaj...!” Paf. Y mi hermana mayor quedó mirando al cono sur. Con mamá no se jugaba. No es que le molestara que me dijeran pelotuda. Lo que no toleraba era tener de hija a una. O, como en este caso, tener a dos. Demasiado.

La negra vivía en el noreste y , hasta la muerte de su mamá, María también. Y aunque mi vida atormentada parecía la de una niña del noreste, yo vivía en el pujante sur.

A María, la desgracia (mamá arrollada por bus) la trajo al lado próspero. A la negra, en cambio, la pasión.

“Decime, chinita, (papá detrás de la cortina del comedor) yo veo mal o la negra viene todos los días a la casa de en frente, la de Carol?”. Glup!. Papá enfermo era como un agente de Cipol en la casa de Big Brother. No sé qué más pudo ver Napoleón Solo. Sé que llegó mamá Kuriaki y se fueron a hacer investigaciones detrás de la cortina de hierro, la de la cocina.

Y me fui a poner sobre aviso a la pasión negra. “Negra…! Negra…! Abrime… soy yo…”. “Martiiiii!!! (negra losa radiante)… vení, vení...estamos tomando mate al fondo con Carol…”. Guau. Qué imagen. Se me alborotaron algo más que las hormonas.

“Las presento, Carol, Marta; Marta, Carol… son vecinas, se conocen, no?…”. Pseee!!!. Quién no conocía a la bellísima Carol!. Y yo a los abrazos con la novia de mi asumidísima amiga. “Pero, claro, Martita, cómo estás?”. Afiebrada, querida. Más que mate, tomé líbido pura. Y se me debe haber subido a la cabeza porque empecé a reirme. De puro nervio.

“Che, y si la vamos a buscar a María?”. Tus deseos son órdenes, negra. Y en un segundo yo ya estaba con María , cuyos enormes ojos con efecto sorpresa echarían a rodar en cualquier momento.

“Bueno, Carol, te presento formalmente a mi familia: María y Marta”.

Aún hoy, las palabras de la negra me retumban en los oídos. No me alteró el orden de mis afectos el que la novia de la negra fuese semejante mujer, la que enloquecía a todos los hombres del barrio. Ni tampoco que se dieran los besos que se dieron, entre mate y mate, tapadas por el manto de nerviosas boludeces que decíamos María y yo.

Lo que si alteró el orden de todas las cosas fue aquello de que ÉRAMOS su familia, la familia integradora, no la otra, la del apartheid, la de los lazos de sangre que te estrangulan.

A María le atraía todo lo que destilara maternidad, a mí todo lo que me palmeara la espalda. La negra, fue la más clara, la más jugada. Una sibarita de la pasión.

Y ella, que venía del noreste, con todas las de perder, se convirtió en la reina del suroeste. Indiscutible. Al menos, para nosotras.

26 Febrero 2007

A la negra Gorrochategui le gustaban las mujeres. A María y a mí también. Pero de otro modo. Dorothy Malone, Angela Davis, Lola Flores, Silvana Mangano, Mina, Tita Merello estaban en nuestra ecléctica lista de posibles madres sustitutas. Nos gustaban apasionadamente estas mujeres como madres. Hasta el incesto.Con la de María en el más allá y la mía respirándome en la nuca, no era difícil entendernos.

La negra volaba más alto y en el viaje de egresadas desplegó sus alitas. María, con la sabiduría típica de la gente de ojos grandes me dijo al oído “che, a la negra no la tenemos que dejar sola porque se va a venir en picada y encima está la vieja”. Claro que sí. Nadie quería que la negra se estrellara.

En la dársena 14 empezó el show. “Llevate los tampones, hija, mirá si se te adelanta” era la consigna de las madres, cuando a la mayoría de nosotras lo que nos sacaba el sueño eran los atrasos. “Saquen fotos de todo.... documenten todo..... van a un lugar que no conocen... ojito eh?...cuidado!” Médicos sin fronteras rumbo al medio oriente? No. Boludas sin límites rumbo a Bariloche. Para los padres, lo mismo.

“María, Marta, aquí conmigo, chiquitas... la sra. Gorrochategui las va a cuidar a ustedes... por cualquier cosa le piden permiso a ella, entendieron?... que no me entere que la han hecho renegar eh?.....y vos, hija... hija... hijaaaa!!!... la que te tiró de las patas, che!...poné atención a lo que te digo si no querés quedarte sin viaje....hacé de cuenta que YO SOY ELLA, está claro?.... ESTÁ CLAROOO!?!?!?”. Pero qué guacha. La espada de Damocles hecha madre.

Aunque a los 17 años, quién piensa en morir decapitada?

Y comenzamos a sobrepasarnos. Fin zona urbanizada, allí donde dejábamos de ser hijas para darle paso a una yunta de reventadas. Ojos desorbitados, saltando como canguros que perdieron el rumbo, gritando “Bariloche carajo... Bariloche carajo...”, abrazando desmesuradamente a novios como si fueran un último recurso y, de pronto, apartarlos como moscas y colgarnos del cuello de una compañera como los amantes de Verona, subiendo y bajando del bus en una especie de ejercicio de evacuación. Y, finalmente, la partida.

Cuando el grupo de padres sólo fue un mal recuerdo, estallaron las hormonas. El primero que nos robó el corazón, el chofer del bus. “Un día para cada una, che”. "Noooo, un día para todas...jajajaaaaaa". Putísimas.

Hasta que se presentó nuestra guía, la enviada de la agencia turística. Enviada de los cielos!!!!. No, no, no, no!! Qué cielos ni cielos! Cumbres borrascosas! Qué manera de enamorarnos en masa! Hacía un minuto le proponíamos sexo grupal al chofer. Y de pronto, levantábamos temperatura por una mujer. Todas. “Es igualita a Jane Birkin”. “Uy... sí , Mary, igualita... viste negra?” “Jane Birkin, la tetona rubia...” “ No, bruta, esa es Brigitte Bardot”. Cuando nos calmamos un poco, decidimos con María que no daba perfil de madre y volvimos al reviente hetero. Pero la negra....la negra quedó “como amurada a un querer”. Impacto profundo. Mujer contra mujer.

La negra era una ganadora. Pero antes de partir, María le hizo un corte de pelo poco feliz. Parecía Cochise.

Sin embargo, logró lo que nosotras sólo podíamos conseguir con una petaca de whisky encima.

Aún hoy intento tener al menos el diez por ciento de aquellas agallas de la negra en el campo sentimental. Y, para colmo, dejé el alcohol.

12 Febrero 2007

“Nos hemos reunido hoy aquí...”. (Cuando papá no era feliz hablaba como desde un púlpito. Los feligreses, en silencio. Un pueblo de dios formado por mujer, tres hijas, Narciso el perro, susana la tortuga y maldonado el hamster. Criaturitas de dios). “... para decirles que ya está... que se terminó... que hasta acá llegamos...”. Mamá terminó su dolor y percutó: “Bueno, ya, ya, ya! Decilo de una buena vez! Chiquitas! El tema es que nos hemos fundido. La tienda quebró. Hay que empezar de cero.” De cero? Tan atrás.? Al momento del mismísimo big bang? Antes del pesebre? Con el homo sapiens?. Qué miedo!

“No importa, má, no voy más al cole y listo”. “Eeeeeh... vamos a vender el tele?!?!?!”. Eso y sacarme las córneas era lo mismo.Mi hermana menor no dijo nada. Rara vez se daba con nosotros. Todo lo que le importaba en la vida estaba dentro de su cuna. Se la venderían y la harían madurar de golpe?.

“Ni vamos a vender la tele, ni van a dejar el colegio. Nos mudamos. Nos vamos del barrio”. La frase me dio en un órgano vital. “Yo me quedo con María” dije muy despacio para ser sonido y muy fuerte para ser pensamiento. ¿Alejarme del barrio, de María, de la negra, de los bichitos canasto de la vieja Medina, de los kinotos de don Frenttidorzo? Mmmmm... no, no sobreviviría en otra atmósfera. Y dije algo que me revolvió las tripas: “Má... y porqué no venden el tele y listo?”. “No hace falta. Ya vendimos la casa...”. Respuesta guadaña. Y con mi esperanza al ras del piso me fui. Yo, la sin techo, la desposeída, la desterrada. Si eran capaces de hacer esto, no serían capaces también de darnos en adopción?.

“ Don Frenttidorzo... snif... snif... me van a dar en adopción... ya no me pueden mantener... la tienda... sinf... snif... fundida... buaaaaaaa...!”. Sumado al llanto de María, la situación era insostenible para el hombre. Para dar más dramatismo, me fui en bombacha. Ni para ropa había ya en casa. Llamada telefónica a la madre de la criatura. Lo que puede un calzón.

El gran corazón de María me dio su traje de comunión. Largo y brilloso. Un lujete. Y la entrada de mamá me dio un paro cardíaco. Un julepe. “Pero qué hacés con ese traje, hija. Antes me corto una mano que desprenderme de mis hijas!!!!…esta chica me va a matar… cómo se te ocurre semejante cosa..dios mío “. Una. No se me escapó el detalle. No más de una. Más vale conservar la otra mano para firmarle los papeles a la familia adoptiva.

Aclarado el panorama, escuché la buena nueva de la mujer manca. “Bueno, nos mudamos sí, pero no del barrio. Encontramos una casa, aquí, a media cuadra”. Ja! Que me vengan a mí con que empezamos de cero!

Y así fue como nos quedamos en la manzana de siempre, con la gente de siempre, con los bichos canasta y los kinotos. No me dieron en adopción. Aunque la cara de mamá dijera lo contrario por un largo, larguísimo tiempo.

Y jamás se desprendió de sus manos. Tres colas lo certifican.

Sobre diario de una mitomana

Mi nombre es Marta Drooker. Y nunca miro de frente. Lo mejor pasa por los costados y no quiero perdérmelo. Durante buena parte de mi vida sólo comí papas fritas y helado y no me morí. Escucho voces y veo cosas extrañas. Salvo cuando estoy sola. Nunca me despierto a la misma hora ni en el mismo día. Y trato, en lo posible, de no decir la verdad. Este planeta me cansa por lo que trato de dormir en todo momento. Tengo problemas con los humanos. Ninguno con las vacas. Por eso no me las como. Y, si bien, adoro a mi abuela, a veces la mataría. Tengo un blog para acordarme de que todavía sigo aquí. Aunque no parezca. Free counter and web stats diario de una mitomana THE BOBs Unión de Bloggers Hispanos Blogalaxia casinos online The House Of Blogs, directorio de blogs Directorio de blogs