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La Coctelera

Categoría: El Folletin

20 Abril 2009

Hija querida. Sabés que tu madre te espera siempre. Salvo los sábados cuando tengo reunión en la Legión de María (1). Esta nube que se interpone entre las dos, tarde o temprano será lluvia y toda el agua desembocará en el olvido. Cuidate. Sé que estás cruzando mucho el océano Atlántico, que si bien nunca tuviste los pies sobre la tierra, desde que sos auxiliar de a bordo, tampoco los brazos y el torso, que no hay un kiosco de revistas cerca de tu casa y que ya no lees el diario “Crónica”(2).

Por mi parte te cuento que quiero hacerme una limpieza de colon, que tu padre se ha comprado un coche descompuesto y que tengo en el garaje un motor inmóvil, que a tu hermana se le ha dado por decirme aristotélica desde que estudia en la facu y tengo miedo de que se esté drogando (¿vos sabés algo de eso?), que ya no cocino más los sábados y domingos y próximamente tampoco los lunes y martes. Tratá de visitarnos un miercoles o un jueves. Digo, si venís con hambre.

Tu abuela me hace la vida imposible y dice que es mi culpa que vos te hayas ido. Bueno, yo te eché. Pero esperaba que te dieras vuelta y me miraras con los ojos llenos de disculpas. Pero no, hija, no te diste vuelta. Dice tu abuela que tu cuello sólo gira 35º. Y es una duda que me atraviesa el corazón y me mata y siento que me desprendo de mi cuerpo y mi espíritu va y viene por la habitación como pancho por su casa. Hija, ¿no te diste vuelta porque estabas contracturada o porque no querías ver a tu madre?. La verdad. Sólo quiero la verdad.

Hay vida después de la muerte pero espero que me contestes ahora.

Te quiere hasta el dolor crónico...

tu madre.


  • NOTA DE LA ABUELA
  • (1) La Legión de María era una célula para-religiosa de madres dispuestas a marchar al frente. Al frente de la parroquia a captar legionarios. Por aquellas épocas, los peatones eran en su mayoría laicos y se cruzaban de vereda. De allí que en el barrio se recuerda aquel acontecimiento como Las Cruzadas.
  • (2) Dejó de leer ese maravilloso pasquín sensacionalista argentino cuando comenzó sus vuelos transoceánicos y lo cambió por "Le canarde", de París.


4 Diciembre 2008

Yo tenía veinte años. Trabajaba en una agencia de viajes y me pagaba mis gastos. Además, había madurado de golpe al usar botas negras hasta la rodilla.

Pero aún no fumaba delante de mamá. Ni tampoco detrás. Periscópica, giraba 180º y siempre me sorprendía, y no le dije hasta que terminé la carrera de auxiliar de a bordo de que jamás fui a la Facultad de Medicina como ella creía y soñaba.

Lejos de perder la calma, el día en que se enteró no dijo nada. Sólo me miró. Como un buque de pesca finlandés a un cardumen de atunes. Y supe que tenía los minutos contados en la marea familiar. Antes de ser arponeada, preparé mis valijas y me fui a vivir a la casa de una compañera de trabajo.

 

Me despedí de todo aquello que me rompía el corazón dejar. María. La negra. El gallinero. Pero supe que lo que yo era, lo que sabía, todo lo aprendido se lo debía a ese mágico lugar. Y a mis fabulosas amigas Y me tomé el bus sin mirar atrás. No porque no quisiera. A diferencia de mamá, jamás pude girar más de 35º la cabeza. Y me quedé sin la última imagen para mi memoria. Será por eso que no tengo últimas imágenes de nada. Toda mi vida he vivido contracturada.

 

La agencia de viajes en la que trabajaba se llamaba TORTITOURS. Lo juro.

Las dueñas eran dos hermanas. Las hermanas Torti. Las empleadas, cuatro. Todas mujeres. Por el nombre de la empresa, muchos entendieron que éramos lesbianas y organizábamos tours de tortas. Eso alejó a todo el mercado familiar y nos acercó al mundo gay. Las Torti hicieron una fortuna (*).

 

Ninguna agencia vendió tantos viajes y tours por el mundo. Hasta venían de otras provincias y de países vecinos como Chile, Perú, Uruguay y Paraguay. Hoy son comunes los tours gay y Argentina está entre los cinco destinos más solicitados. Pero en aquella época había que tener agallas para organizarlos. Y para comprarlos.

 

Gracias a ello yo pude pagarme toda mi carrera. Una a una mis compañeras fueron renunciando. Su proyecto hétero de vida, hacía agua en el universo Torti. Jamás un hombre, al menos bisexual. Ni pensar en conocer un empresario que las sacara de allí. Yo me quedé. No tenía proyectos emocionales. Ni héteros ni gays. Mi sangre circulaba sólo cuando hacía reservas, planificaba un tour, informaba sobre sitios y circuitos de cada lugar del mundo. Hasta que dejé a las hermanas Torti atrás. Y fui a ver el mundo.

 

Ya era tiempo de saber si yo era algo más que una pelotuda.

NOTA DE LA ABUELA

(*) Las hermanas Torti colocaron su franquicia por todo el país. “Tortitours” fue la marca de los viajes alternativos. Un imperio. En su juventud, fueron muy amigas de Mary Kay y un día se repartieron los colores. El rosa para Mary y el violeta para las Torti. No hay registros de esta relación ni en la revista Hola porque se trata de mujeres. ¡Hola, machistas!

26 Noviembre 2008

Perder a una amiga del alma es motivo de suicidio. Perder a dos, es resucitar para volver a suicidarse.

“Martuchi, me casooooo!!”

María ya se había casado hacía un año. Y yo aún estaba juntando mis pedazos, cuando la negra vuelve a desparramármelos.

“Ah...!”, estertoré.

Está bien, se casaba. Pero con qué necesidad percutar esa “o” final, como una felicidad a repetición?

“Negri, ya se pueden casar entre mujeres?”

“No, pero como ya cumplí los dieciocho años nos vamos a vivir juntas.”

Un bicho canasto se balanceaba en los rosales de la vieja Medina y movía a sus compañeros contra su voluntad. Al noroeste, un tomate se escapaba de la bolsa de compras de mamá, y de mamá misma, en busca de otras ensaladas. Y desde una ventana vecina, la insoportable nieta de doña Yocutca le sacaba la lengua a los perros de la calle que la miraron como a un osobuco. Es increíble todos los hechos que se desencadenan cuando una se queda sin palabras.

“Marta... Marta.... ¿estás bien?”

Todo lo bien que puede estar alguien que acaba de quedar sola en una isla sin palmeras, sin agua potable. Y sin los guionistas de Lost.

“Pse.”

“Es este sábado. Fue todo rápido. Hay que avisar a María. Tenés que ayudarme. Ustedes son mis madrinas”

Y la ayudé. Permanentemente. En el tiempo que me quedaba libre, pensaba en mi muerte por asfixia por inmersión en el Dique San Roque. Hubo que mentirle a todo el mundo. Era una boda under. Pero el olfato materno nos tendió una celada.

“A ver, vos... qué te pasa que hace dos días no me mirás a la cara? Qué hiciste? Vení y decimelo ya! ¿Qué hiciste!”

“Nada, má. Nos vamos a reunir con las chicas. Hace mucho que no estamos las tres juntas. Y estoy emocionada.”

"Pero si ayer estuvieron tomando mate acá en el gallinero..."

"Ayer?!?!?... y ya las extraño!"

“Mirá... yo te digo una sola cosa y que te entre bien en la cabeza porque no te la pienso repetir. Cuando vos saliste, yo volví dos veces! ¿Me entendiste?”

“Sí, má.”

Su lenguaje críptico me confundía. ¿Con qué necesidad ella volvía dos veces a un lugar por el que yo salía sólo una?

“Y?.... entonces?.... Tenés algo que decirme? Te escucho! Apurate que tengo que ir a comprar más tomates… parece que caminaran… siempre me faltan…

Mmmmm. Todo olía muy mal. Si mamá estaba perdiendo los tomates, algo sabía.

“No, má.”

Y me preparé para la fiesta. La consigna era vestirse de vaquero Lee desteñido y remeritas blancas. Gays y heteros indiferenciadas, corriendo de aquí para allá, con el alma dispuesta y el cuerpo en oferta. Además de María y yo, la negra tenía amigas para todos los gustos. Todas mujeres. Ni el más mínimo hedor a tetosterona. Allí la que no era, quería serlo al menos por esa noche. La fiesta daba para cualquier experimentación. Y yo iba detrás de María intentando hacer la mía. Los ojos de María, pero, sobre todo, esa remera blanca que tapaba como podía un par de tetas insostenibles, estaban causando estragos entre las invitadas.

“¿Son tuyas?”

“¿Las qué?”

“Las tetas…parecen dos planetas, linda.”

“Y esos faroles…”

“Qué ojitos, nena!”

Y yo ahí, detrás de la torta, la de harina y azúcar. Porque el resto de la pastelería estaba alrededor de María. Digo, yo ahí, mirando el acoso formidable sobre mi razón de vivir.

“Ella está conmigo.”

De dónde me salió aquel estibador chipriota aún no lo sé. Pero María lejos de sentirse rescatada me incluyó en el acoso.

“Ay, chicas, quiero que conozcan a mi mejor amiga… vení, marti, vení…”

Y allí estaba yo, la mejor amiga en el medio de un mar de tortas embravecido, intentando sacar a flote a María, la que navegaba sin problemas por aquellas aguas.

Y entonces, escuché su voz.

“Lo que yo comería es una buena porción de torta rociada con aquel champagne…”

“Abuuuu…!!!!”

La vida me ha dado el extraño privilegio de haber compartido una fiesta de tortas con mi abuela.

“!pero qué haces acá, abu… esto es recontra secreto!”

“Ya lo sé… no se lo dije a nadie, salvo a Adelia que está allí charlando con la negra, ella nos invitó…”

Tanta open mind comenzó a afectarme y me escondí en un armario. Afuera, María en un frenesí de seducción, la negra bailando sobre la mesa, borracha de alegría, con Carol. La abuela y Adelia revalidándose la una a la otra. Y yo con mi Lee desteñido y mi remera blanca con poca teta intentando salir para probar la torta de crema chantilly. O la que estuviera más cerca. No hubiera tenido problemas en abrir el closet pero se me atoró la puerta.

Nota de la abuela:
Los vaqueros no eran Lee sino Levy Strauss. La puerta no se le atoró. Lo que sucede es que eran corredizas y ella buscaba el picaporte.

31 Diciembre 2007

“Mire, doña Yocutca, no voy a poder estar en la fiesta del club; hoy es 3 de diciembre Y cumple años mi chica del medio”.

” La que se la pasa mintiendo?”.

La mentirosa 24 hs. estaba allí mismo, detrás del mostrador y por debajo del nivel de los rumores, rodeada de bolas rojas de arbolito navideño, tiritas interminables de lucecitas enredadas y polvorientas, nieve de navidad de plástico con olor a pis de gato y un pesebre que desde Taiwán nos traía una buena nueva oriental y en oferta.

"Sra. Drooker, cada vez peor estos de Taiwán. Fíjese, este año son menos en el pesebre!!”.

“Ay, pero que desgracia, si seguimos así el año que viene vendrá el ranchito solo!”.

Mientras se olvidaban de mi, yo me dedicaba al robo intensivo de integrantes de pesebres. No para consumo personal. Los fraccionaba y los vendía. Mi amiga del alma, María, con esos ojitos enormes que dios le había dado, los envolvía en papeles brillantes. La negra Gorrochategui conseguía compradores. Y yo traía la merca. Un chrismastráfico.

Hicimos una cantidad respetable de dinero. Lo recuerdo bien porque la suma equivalía a tres coca colas de un litro y diez paquetes galletitas Lincoln. Un dineral. Como cortina, comprábamos a doña Yocutca cada tanto a un integrante del pesebre.

“Chiquita Drooker ,qué hacen con tantas ovejas y niñitos dioses?”
Doña Yocutca Holmes.

“Los donamos a los chicos refugiados”.
Marta Jolie.

Con el dinero recaudado. Nos comprábamos sidras La Farruca, barata y dulce como un panal y brindábamos en el gallinero, al fondo de mi casa, lejos de los adultos ya borrachos y de mamá demasiado sobria.
Y sobrevino el ocaso en forma de hermana menor.

"Yo sabo que vos y vos y vos toman sidra... y que le roban a la yocuca... y que lo venden en la escuela...las vi... las vi...y...”.

No la asfixié porque la sidra me había quitado fuerzas. Le tapé la boca y le dije al oído mientras María y la negra buscaban una
cuerda para atarla.

“Si vos le decís algo a mamá de ésto, no te vamos a poner como niño dios en el pesebre”.

Su silencio equivalia a un pesebre viviente. Un costo muy alto para mi incipiente agnosticismo. El elenco se completaba con María como la virgen. Diosa. La negra como Melchor. Fisic du rol. Y yo como una oveja. Eran los tres únicos disfraces que teníamos.
Y llegó la buena nueva.

“Hijitaaaaa miaaaa de mi corazón..(para mamá, su hija menor) Vamos... vamos que viajamos a Santa Fe...”.

La estrella de belén. Villancicos enteros corriendo por mis venas. Bolas de arbolito de navidad girando alrededor de mi cabeza.

“Se vaaaaaannn, má?!?!”.

“Sí
(así me contestaba a mí, a secas). Ustedes van después en el auto con su padre...ya les hice las valijas, portensé bien, y no saquen los brazos por la ventanilla."

Para mamá, no había otro riesgo en el mundo para el resto de sus hijas.
Felices de no ser carne de pesebre, la negra, María y yo pusimos en liquidación el último pesebre, nos compramos una sidra dulce hasta la extremaunción y brindamos por la virgen, el negro y la oveja, por el niño dios rumbo a Santa Fe y cerramos el negocio hasta el año próximo.

4 Octubre 2007

Teníamos la edad justa en que el clítoris era más un dios egipcio que cualquier otra parte del cuerpo. No habíamos aún unido el nombre con la función. Prácticamente, todos los días nos encontrábamos con “el sin nombre” y nos mirábamos, preocupadas, por el inicio de una doble vida.

“Qué te pasa que no querés jugar al elástico?”

“N..n... nnnada, María.....por?”

“Tenés caras… no las caras de siempre… no tenés tus caras.”

Mis caras post sesión clítoris perturbaron a mi amiga María.

“Yo a veces también tengo caras… esas… como las tuyas, Marti…por qué”.

Qué querés que te diga. Si ni sé cómo se llama ni por qué sale de pronto el mío, cómo podría entender lo que hace el tuyo?.

Mientras los varones se mostraban absolutamente todo bajo el sol, nosotras requeríamos de una tarea solitaria y a oscuras para que se asomara, por un breve instante, al mundo exterior. Lo de ellos, era el menú del día. Lo nuestro, había que prepararlo.

Nunca nos importó su tamaño sino que saliera. Tampoco su apariencia. Lo queríamos igual. Como fuera. Pero afuera.

Aquellas primeras y azarosas descargas eléctricas fueron un golpe a nuestra vida personal, la que cambió para siempre.

“Chiquitas... qué andas cuchicheando! No escucharon el timbreee! Abran!!!!! ...por cómo grita, es la negra Gorrochategui! Yo estoy haciendo crucigramas en el bañooooo!!!”

Mamá era especialista en romper climax de todo tipo.

Si la negra no hubiese esa tarde conseguido el libro en la casa de su tía, yo hubiera pasado años de mi vida productiva pensando que era la única en la tierra con semejante secreto. Pero, gracias a la negra, esa tarde nos enteramos de que cada una tenía el suyo.

“Mirá ese dibujo, negrita, yo vi uno igual!”

“En serio? Yo también! A veeer.... referencia número cuatro... referencia número cuatro.... tres... cuatro... Acá está…! Clítoris! Se llama clítoris!”

“Clítoris? Ah....!...cómo la diosa!”

“No, María, esa es Osiris.”

“No, negra, Osiris es hombre… será Isis…”

“Ay, tenés razón, la esposa… esa que sale en la foto parada atrás”

“Sí, como si hubiera llegado tarde.”

“No. En el antiguo Egipto los únicos que se sentaban eran los hombres.”

“Y cómo sabés tanto, Marti?”

“Porque tengo todos los tomos del LO SE TODO.”

“Bueno, clítoris debe haber nacido en el mismo lugar.”

“Entonces viene de Egipto.”

De cómo vinieron de Egipto directamente a implantarse en cada una de nosotras era un enigma mayor que el de las pirámides.

Era evidente, por nuestra “caras”, que las tres ya habiamos tenido encontronazos con nuestro dios egipcio. Y aunque ya le sabíamos el nombre, faltaba aún darle un destino. El tiempo se encargó de que se lo dejáramos de señalar con el dedo.

A partir de ese esclarecedor día, mi clítoris personal no me dejó casi nunca sola y la vez en que no lo encontré (o no lo encontraron) hice crucigramas con mi mano derecha. Sí. Como mamá.

24 Septiembre 2007

En mamá, la paciencia no era un recurso renovable. Sin embargo, la despilfarramos. Y llegó un día en que el recurso se secó.

“Le viste la cara?”

“Uff... da miedo... yo me voy a la casa de la abuela...”

“Pero… no estará muerta?”

LA ABUUUU?!?!?!?!?!?!... nooooo... la abu nooo!!! buuuuuaaaa!”

“Noooo, tarada, callate, lo digo por mamá...mirala... hace cuatro horas que está así... y es raro... ella nunca duerme...”

“Msé... nunca la vi con los ojos cerrados....mejor vámonos las tres ya mismo...”.

"Sí... tengo como una risa acá... de los nervios.."

"Ju ju ju.. yo ja ja... yo... ja también"


“Buáaaaaaaa....teno medio...quedo a mi mami... one tá?”

Mi hermana menor era una polleruda que no sabía hablar. Siempre andaba detrás de mamá. Si así era a los dos años, ni queríamos imaginarnos cuando llegara a la adolescencia. Le tapamos la cara para que no viera el cuerpo. Y una cuchara con dulce de leche en la boca para que se callara.

Y nos fuimos. Con maletas y todo. Antes, cubrimos a mamá con una manta no para protejerla del frío. Treinta y dos grados a la sombra lo hacían innecesario. La cubrimos como sólo un forense lo haría.

Rodeamos al sofá con cinta ribonet amarilla. Y quedó marcada la escena del crimen.

Le dejamos a papá una carta avisándole sobre nuestro paradero y partimos con todas nuestras mascotas a la casa de la abuela.

Como la vida no me prestaba mucho la atención, yo me dedicaba a escribir poemas a la muerte y a los muertos. Y mamá tuvo su elegía.

No bien llegamos a la casa de la abuela, las huérfanas de madre se desparramaron por toda la casa.

Yo, antes de que me robaran su sombra, me refugié debajo de la higuera para inmortalizar a mamá en el cuaderno Lanceros. Mientras, mis hermanas ordenaban la vida de nuestras mascotas y desordenaban la de la abuela y Adelia.

Y pasó lo que tenía que pasar. Llega papá y detrás, el espectro. Mamá que volvía de la muerte como Elmer Van Hess a vengarse de nosotras. Cerré el cuaderno. Y esperé mi hora final. La que hasta hoy aún no ha llegado.

Que hayamos entendido que mamá era el cuerpo del delito y no que sólo había tomado calmantes habla de que siempre tuvimos la idea de que eso podía suceder.

Digo, matar a Narcisa Ibáñez Menta a disgustos fue en mi infancia un leit motiv.

Ya lo decía mamá: Cría cuervos.

11 Septiembre 2007

Tardes enteras con sus noches y sus madrugadas, esperé que un rayo misterioso me partiera. O hiciera un nido en mi pelo.
Me imaginé sobreviviendo, más de una vez, a un ataque de tiburones. Y, hasta hoy, ningún aerolito me aplastó como la pobre vaca de Cuba.
Jamás lo que toqué se transformó en oro, o, simplemente, se transformó. Y siempre tuve que ir yo hasta la montaña. Sola y sin Mahoma.
Nunca adiviné los números de la Lotería y la vez que gané en una kermes del colegio fue porque hicieron trampa los padres para que yo dejara de gritar.
Quise ser una asesina serial pero le tengo miedo a las armas y me da impresión apretarle el cuello a las personas. Quise ser una ladrona de bancos, pero de los nervios me tiembla la pierna izquierda como un telégrafo mercantil.
El mundo de los hechos me era algo ajeno. Y el de las palabras, indescifrable. Por eso, mamá me llevó a estudiar piano.

Como le gustaba la quiniela clandestina, apostó fuerte. Compró un piano color ciruelo por el que no tuve piedad. Tampoco tuve la más mínima consideración por la Sonata Patética de Beethoven, los Nocturnos de Chopin y el El Himno Nacional Argentino. Mientras lo practicaba para el examen pensando cómo se vería un hongo nuclear en nuestro patio, los vi por la ventana.

“Má... está toda la comisión del Club, afuera”

“Ajá...”

“Má...”

“Ya te escuchéeee...”

“Esta toda, completa la comisión afuera, los doce...”

“Y QUÉ QUERÉS QUE HAGA?!?!?! Que los invite a comer?!?!?!?! Dejá de perder tiempo y seguí practicando el himno”

“Pero máa.....”

“No escuchoo... no escuchoo... a ver... oid mortales ... el griiito sagraaaaado... vamos.... vamoooos!”

El timbre interrumpe la arenga. Abro y una estampida de búfalos adultos pasa por sobre mi pubertad. Mercedes, la tortuga, a velocidad crucero, llega a la chimenea zambulléndose entre los leños. Y agradecí a quien quisiera leerme el pensamiento que no fuera invierno.

“Está tu mami, nena?”


“Está cantando el himno.”

“Bueno, llamala, por eso venimos”

“Aquí estoy... ya les dije que no quiero ser presidenta del club. Colaboraré con ustedes… siempre... ya lo saben.”

Mamá tenía dentro suyo a una estadista y se activaba con más de dos personas presentes que no fueran familiares directos. Su discurso de luchadora social renunciaba a los cargos y a los honores. Pero no al pueblo. Con el delantal puesto y una palta a medio pelar en su mano, hablaba a la nación argentina. Y la nación le contestaba.

“Sra. Drooker... no es por eso... eeeeh... mire... resulta queee....”

“Hombre, hable de una vez, caramba, con todo lo que tengo que pelar....”

“Es su hija....”

“Cuál de ellas...”

“La que toca el piano todos los días, de las trece a las quince horas.”

Esa era yo. Y empecé a tomar velocidad crucero para buscar refugio entre los leños, junto a Mercedes.

“Yo ya les he hecho llegar una circular avisándoles que la chica puede practicar sólo a esa hora.”

“Sí, no hay problema. Pero podría cambiar el tema? Desde hace treinta días, escuchamos el himno... y en este barrio... usted lo sabe... somos patriotas y tenemos que pararnos mientras dura la canción...”

Mamá que no era patriota ni creyente pero tenía absolutamente a todos engañados, menos a mí, prefirió no discutir y a partir de ese día, toqué la marcha de San Lorenzo, la que mamá amaba y cantaba sotto voce.
El barrio ya no se puso de pie. Yo nunca aprobé los exámenes de piano. Y jamás cumplí el sueño materno de ser una Martha Argerich. Pero debo confesar que pocas veces estuvimos con tanta armonía mamá y yo juntas por más de una hora. Ella, feliz de jugar a ser María Callas y yo, su pianista fiel y mediocre.
Cuando mamá no era mamá, yo tampoco era yo. Y de golpe, nada era imposible. Nada.

28 Agosto 2007

Querida Adelia de mi corazón:

En Ipanema, todo se ve diferente. Desde que se me rompieron los lentes no bien bajé del avión, el mundo brasileño para mí es una incógnita. Aunque me las he arreglado bastante bien con unos que me prestó el taxista que nos trajo hasta el hotel. Ese viaje nos salió más caro que un crucero francés al caribe, abordado en la isla de Pascua. Pero era tan amable, tan alegre, tan carioca que se lo pagué con gusto.

Estoy aprendiendo a sambar en la playa. A Martita no le interesa. Se la pasa leyendo debajo de la sombrilla. Quiere aprender portugués. No para hablar sino para escribir. Vos sabés que a ella le cuesta comunicarse con la voz.

Yo no te puedo explicar lo que nos hemos divertido aquí. En la habitación del hotel hay una heladerita repleta de frutas. Yo me la llevo toda a la playa para unos chiquitos pobres. Aunque el otro día me dijeron vieja de mierda porque están cansados de tanto plátano y tanto kiwi y querían cruceiros o dólares. Yo no tenía ni lo uno ni lo otro. Sólo plátanos y pesos argentinos. Que es lo mismo que incitar a la violencia. Los chiquitos se pusieron nerviosos como gente adulta. Vos sabés muy bien, Adelia, que para mí los niños son intocables. Y si bien éstos me miraban con odio típicamente tropical, yo no los toqué. Sólo les tiré arena en los ojos. Y salí corriendo lo suficiente como para que se olvidaran de mi.

Pero al ver el rostro de Martita leyendo como si estuviera en el baño, se dieron cuenta de que era mi pariente. Y cuando se disponían a romperle la sombrilla, la chiquita se brotó como los zapallos de nuestra huerta, Adelia, y los aplastó. Les tiró la heladerita, los kiwis, las bananas, la sombrilla misma y todos y cada uno de los libros que estaba leyendo.

Se la llevaron detenida y a mí junto a ella por arengarla desde lejos al exterminio. No hay nada que me ponga tan mal como un niño que no quiere comer frutas. No soy yo. Lo que no sabía es que mi nieta tampoco era ella cuando le amenazan la sombrilla.

En fin, Adelia, no me preguntes cómo recuperaremos nuestra libertad. Por el momento, recuperamos la heladerita, algunos kiwis y la sombrilla descocida que ya remendé. Está chocha.

No le digas nada a la madre de todo ésto. Vos sabés que a ella no le gusta que la hija ande con remiendos.

Ya te compré las Hering. Cómo me gustaría que estuvieras aquí compartiendo nuestro paraíso carioca! Bué… otra vez será!

Con todo mi amor

Elenita

Sobre diario de una mitomana

Mi nombre es Marta Drooker. Y nunca miro de frente. Lo mejor pasa por los costados y no quiero perdérmelo. Durante buena parte de mi vida sólo comí papas fritas y helado y no me morí. Escucho voces y veo cosas extrañas. Salvo cuando estoy sola. Nunca me despierto a la misma hora ni en el mismo día. Y trato, en lo posible, de no decir la verdad. Este planeta me cansa por lo que trato de dormir en todo momento. Tengo problemas con los humanos. Ninguno con las vacas. Por eso no me las como. Y, si bien, adoro a mi abuela, a veces la mataría. Tengo un blog para acordarme de que todavía sigo aquí. Aunque no parezca. Free counter and web stats diario de una mitomana THE BOBs Unión de Bloggers Hispanos Blogalaxia casinos online The House Of Blogs, directorio de blogs Directorio de blogs